El error de Hamilton

El error de Hamilton

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Las razones que esgrimió James Hamilton para su retiro del Partido por la Dignidad —se indignó, según dijo, al advertir que en él se reiteraban viejas prácticas— muestra, como en un ejemplo, el clima por el que atraviesa hoy la esfera pública.

¿En qué consiste ese clima?

Se trata de una forma de mirar la realidad y la conducta ajena a través de una sola distinción: la de los puros que se aferran a la moral, y la de los impuros que a la menor oportunidad están dispuestos a traicionarla.

Las víctimas de un lado, los victimarios del otro. Del lado de aquí los corderos, del lado de allá los lobos.

El Partido por la Dignidad se presentó a sí mismo —por boca del propio Hamilton— como una agrupación de independientes que había decidido participar del debate constitucional lejos de los partidos, a los que, sin confesarlo del todo, se los veía como los culpables, por flojera moral o simple vileza, de todo lo que hoy día paradójicamente pretenderían remediar. El Partido por la Dignidad era así una forma de comenzar a curar los males de la política que, es probable, en el inconsciente de Hamilton, reiteran los males de la Iglesia.

Bastó entonces que se descubriera que uno de los miembros del nuevo partido había participado en política y manejado dineros públicos —en esos días en que el nuevo Chile aún no asomaba— para que entonces quedara al descubierto la inmoralidad —la “incompatibilidad ética” dijo Hamilton— en la que se estaba incurriendo: ¡Formar un partido de independientes y admitir a quien sin embargo genuinamente no lo era¡ Algo así era una mentira y seguir en ese partido era, por consiguiente, mentir. Entonces, según él mismo ha declarado, James Hamilton decidió apartar las manos de la iniciativa —indignado, como corresponde a la genuina reacción moral—, para evitar así infectarse con ella.

¿No es, acaso, esa misma imagen simple y maniquea —los honrados por aquí, los que no lo son por allá, la ciudadanía como un rebaño de ovejas expuesto a un conjunto de lobos— la que inunda las mentes y el punto de vista de la mayor parte de quienes hoy reaccionan en las redes o en las calles contra cualquier gesto, actitud u opinión que se aparta de la que ellos creen?

El punto de vista que James Hamilton deja ver con sus actitudes públicas es un diagnóstico inmaduro, de fácil digestión por lo simplista y bien pensante; pero se trata, a poco que se reflexione, de un punto de vista profundamente dañino para la vida democrática.

Es muy dañino, desde luego, porque alimenta la idea de que los males que aquejan a la sociedad son el fruto de una élite vil y corrupta que abusa, mediante miles de artimañas y de engaños, de un pueblo virtuoso. Esa imagen, de un simplismo rampante, que reitera sin duda la que el propio Hamilton poseía de la Iglesia de la que hasta ahora forma parte, abona en la esfera pública todo lo que favorece al populismo. El populismo no es malo porque sea de izquierda o de derecha (desde luego lo hay de ambos lados), sino que es malo y hay que rechazarlo, a él y a todo lo que consciente o inconscientemente lo alimenta, porque es incompatible con la democracia representativa que, hay que repetirlo una y mil veces, es la única posible en una sociedad compleja. Hamilton le hace un flaco favor —sin ninguna duda involuntario e inconsciente— a la democracia al alimentar esa imagen populista que, si se expande, envilecerá la vida pública.

Es dañino, además, porque oculta que la vida democrática reposa sobre los partidos y sobre la selección de liderazgos que ellos, con todos sus defectos y dificultades, realizan, evitando, para la mayor parte de los casos, que sean los audaces, los capaces de payasadas y desplantes, los puramente notorios de mirada encendida, los que repiten lo que oyen, quienes accedan a ser representantes.

Pero es dañino, sobre todo, por su simplismo, por su tosquedad intelectual, y por la idea, obviamente errónea, según la cual es suficiente haber sido víctima indudable de la Iglesia, del mercado, del patriarcado, del sistema educativo, del cambio climático, del Estado, de usted o del de más allá, del sistema a secas, o de lo que fuera, para de ahí en adelante tener la moral del propio lado y poseer un detector, también moral, para saber quién en cambio la alejó del suyo.

Esa actitud consistente en decretar quién merece la confianza y quién no —evitando el análisis y la confrontación de ideas, para preferir el simplismo moral desde la experiencia de haber sido o sentirse víctima— daña la esfera pública en Chile y, de seguir, deteriorará las bases de la vida democrática. (El Mercurio)

Carlos Peña

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