El aborto es un problema de todos

El aborto es un problema de todos

Compartir

Ha vuelto a nuestro Congreso la discusión sobre el aborto. Parte de la izquierda promueve ahora aborto libre hasta las catorce semanas y ya nos anuncia que no se detendrá allí. Un grupo de parlamentarias se saca selfies con caras sonrientes y nos dice que ha llegado a Chile la “marea verde”, en alusión a los festejos que tuvieron lugar en Argentina con la reciente aprobación de esa ley.

Me parece que el tema es tan delicado que no se resuelve agitando pañuelos verdes ni tampoco gritándoles “asesinas” a las mujeres que se disponen a entrar a una clínica abortista. Aunque parezca raro, ambas posturas tienen rasgos en común, entre ellos el transformar el aborto en una cuestión individual, sea porque se lo entiende como el ejercicio de un derecho o bajo el prisma de la culpabilización de la mujer.

“Ninguna mujer aborta por gusto”, decía tiempo atrás una persona que ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a quienes pasan por momentos difíciles por un embarazo no deseado o que derechamente se han sometido a un aborto. Hay aquí una dimensión trágica que no se puede soslayar. A veces se la tapa con un pañuelo verde y un discurso emancipador, y se la presenta como una gran conquista. En otras ocasiones se pierde de vista ese carácter de tragedia porque se defiende solo la vida no nacida, sin preocuparse de esas vidas ya nacidas que también están en una condición vulnerable, comenzando por esa mujer que pasa por una situación angustiosa, que está sola y es víctima de presiones de todo tipo.

La cuestión del aborto no puede ser independiente de aquella más amplia que apunta al tipo de sociedad que queremos construir. Dicho con otras palabras, si en el aborto está involucrada la persona entera de la mujer y también esa otra existencia que lleva en su vientre, entonces resulta injusto decirle: “Este es un problema suyo”, y desentenderse mientras uno afirma satisfecho, según los casos, que ha defendido la libertad de la mujer o la vida del feto.

El gran desafío es mirar a todas las partes involucradas. En esta materia, la ceguera, o al menos la miopía, no es solo patrimonio de quienes promueven el aborto con el discurso de los derechos individuales. También por el lado conservador hay actitudes que no se corresponden con una postura “provida” integral.

El aborto real no el que resulta objeto de discusión en los seminarios, se vincula estrechamente con la falta de esperanza, con la sensación de que no existe otra salida. Por eso no basta simplemente con decir que “no”, ni menos proponer que se vaya a una determinada clínica u hospital para tener un aborto seguro, pagado por el Estado o por aquel varón que no quiere asumir ninguna responsabilidad y alivia su conciencia al financiar esa “intervención”.

La identificación de la postura abortista con la causa del feminismo tiene muchos elementos paradójicos. Pierde de vista que, con frecuencia, la práctica del aborto es un instrumento del que se vale el machismo para imponer conductas opresivas y facilitar la irresponsabilidad masculina. Sin embargo, a diferencia de otras formas de machismo, aquí ha logrado presentarse como una expresión de la liberación femenina. Se trata de una jugada genial, aunque tramposa.

Con toda razón, el feminismo lucha contra las relaciones de dominación entre las personas. Pero, al hacer suya la causa del aborto, contribuye a promover el mismo mal que busca combatir. En efecto, las conductas no son malas solo porque sus víctimas sean mujeres. Hay ciertos tipos de relación que están viciados de raíz, independientemente del sexo o la edad de quienes participan de ellas o las sufren. Los seres humanos no son cosas de las que podamos disponer a nuestro arbitrio. Si esta realidad elemental se tuviera en cuenta —por uno y otro lado—, probablemente se promovería una legislación muy diferente.

Se habla de aborto libre hasta las catorce semanas. Es importante ver una ecografía de un feto de esa edad. Su aspecto es de una guagua en miniatura. Ya mide ocho centímetros, se puede saber con bastante certeza si será niño o niña, y se ve toda su anatomía (corazón, cerebro, estómago, vejiga, extremidades con manos y pies). Además, se pueden apreciar sus movimientos: que se lleva las manos a la cara o patea. Al ver cómo se mueve, los padres no pueden evitar hacer comentarios como que “será inquieta”, o “va a salir tímida, porque se tapa la cara”. No hay padre o madre que al ver esta ecografía no sepa que está ahí su hijo.

Hay aquí un “otro” que es necesario ver, pero la difusión de una filosofía individualista hace que su realidad quede oculta. Lo más fácil es decir que eso se debe a la maldad de las personas que promueven el aborto (o de los otros que no quieren ver el drama de la mujer). Pero la realidad es mucho más compleja. Con la mano en el corazón, todos debemos admitir que conocemos a personas que son partidarias o contrarias al aborto y que están de buena fe. Así se ve también en Unplanned (2019), la película de Cary Solomon, que junto con mostrar la industria del aborto, nos deja claro que esta no es una pelea entre los buenos y los malos. (El Mercurio)

Joaquín García Huidobro