Editorial NP: Relatos políticos, nueva constitución y futuro

Editorial NP: Relatos políticos, nueva constitución y futuro

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Los “relatos” políticos tienen la virtud de “empaquetar” cierto número de hechos sociales de modo lógico, convincente y motivador, ajustándolos a la volición y deseos de sus propios productores, e intentando con ello hacer converger voluntades y percepciones de quienes necesitan explicarse su estado de insatisfacción con sus entornos y reducir los altos niveles de incertidumbre que se generan en momentos de crisis y cambios.

En efecto, el “relato” cumple la función de verbalizar observaciones individuales o grupales respecto de la serie de sucesos políticos contingentes y cuyas correlaciones, causas y efectos, no son necesariamente nítidas para el conjunto de la población pertinente. Se requiere para su comprensión que el especialista, el líder o el grupo de interés construya una narración consistente que alinee los hechos de manera de darles sentido y perspectivas, tanto en lo diagnóstico, como en sus propósitos y metas.

Desde luego, dicho “discurso” no es sino una abstracción de una realidad que es distinta, dinámica y cambiante, pero que se estabiliza -vía lenguaje- en la mente de sus receptores, colaborando así como adaptador de complejidad, tanto para lograr cierta “comprensión” de “lo que es”, otorgando certidumbres, aun fictas; como en la forma de un mecanismo de ahorro energético que se posibilita el descartar otras hipótesis circulantes que terminan contradiciendo opiniones propias, forzando a replantearse convicciones con enorme esfuerzo de recomposición ideológica.

Así las cosas, desde un tiempo a esta parte, la oposición ha buscado insistentemente, a través de sus líderes, dirigentes, especialistas y centros de pensamiento, instalar un relato según el cual la administración actual se encuentra en una fase terminal, seriamente deslegitimada ante la opinión pública y en peligrosa pendiente de desgobierno, lo que augura un año final de obscuras perspectivas. Para sustentar aquello, sus difusores presentan como argumentos la baja popularidad del Gobierno, los continuos desmanes y manifestaciones callejeras, el fuerte incemento de la violencia delictual en ciudades y campos, el alza de los casos de violación a los DD.HH. y, en fin, una clara incapacidad para conducir al país en medio de la triple crisis política, económica y sanitaria que éste vive.

El contra discurso oficialista, en tanto, apunta a sustentar su hipótesis de realidad política acudiendo a cifras que presentan a un Estado que ha actuado oportunamente a través de sus canales y funcionarios, así como desembolsando miles de millones de dólares para acudir en ayuda de centenares de miles de chilenos confinados en sus hogares sin poder trabajar ni producir, para evitar una mayor tragedia sanitaria. Destaca, asimismo, el funcionamiento de una infraestructura de salud que ha soportado eficazmente la presión de demanda provocada por la pandemia, siendo, a la vez, uno de los primeros Estados de la región en iniciar la vacunación de sus ciudadanos, gracias a una estrategia focalizada que, después de todo, ha tenido menores costos que otros países de la región en materia económica y con perspectivas que han ido de menos a más.

Por cierto, ninguno de los dos relatos puede atribuirse “verdad” en el sentido ontológico de aquella y es probable que ambos contengan aspectos de referencia consistentes con ámbitos de “lo que es”, aunque, en su mayor parte, no sean sino creencias, proposiciones o enunciados que se estiman verdaderos por quienes los expresan, pero que, en materia de comunicación de decisiones, tienen múltiples impactos en direcciones aleatorias, cuya complejidad hace muy difícil, sino imposible, predecir sus consecuencias, haciendo el proceso de desarrollo social, económico y político uno más parecido al de acierto-error que al de una planificación exitosa que todo lo prevé y previene.

Para ser nación y conseguir unidad, avanzar hacia un estado de receptividad de los constructos discursivos del otro es, pues, una tarea que parece solo posible mediante la obligada convergencia que los “porfiados hechos” van imponiendo a las personas y sociedades que aquellas conforman. En ese sentido, parece evidente que la pandemia ha sido un factor de realidad que ha hecho converger relatos de manera mayoritaria, no obstante lo cual, las libertades que posibilita la democracia, suscitan inevitable y constante surgimiento de nuevas hipótesis que van desde la critica leal a aspectos de las estrategias del Gobierno en cuestiones sanitarias, políticas o económicas, hasta especies de carácter conspirativo que se esparcen por redes sociales y que contravienen aspectos relevantes de las normativas impuestas por la autoridad, como por ejemplo, las vacunas.

Pero esta colisión es, en rigor, un choque de relatos que se construyen con arreglo a percepciones de realidad que emergen de los estados emocional-racionales de los productores de aquellos y no entre diferentes hechos -que a pesar de su complejidad son lo que son-, aun cuando en algunos relatos la cuestión de la desigualdad económica y social marque las “diferentes realidades” vividas por quienes sufren esas inequidades, que, por consiguiente, son interpretadas como tales de modo genérico y, por tanto, son abstractas y sobre o subdimensionadas para la efectiva habitualidad que vive cada uno de quienes se asumen como víctimas de tales injusticias.

Una estrategia política requiere, pues, operar con conceptos que, emergidos de la realidad contingente, sean no solo perceptibles por los destinatarios del discurso pertinente, sino también convincentes en su estructuración y modo de ordenación. También acordes con las voliciones o sentimientos que dan origen a la convicción de “realidad” que cada quien le da a lo que piensa. De otro lado, exige de un permanente análisis y comprensión estratégica de lo subyacente en el contra discurso opuesto al de la administración democrática. Convencer importa no solo legitimidad, sino también el uso convergente de los poderes de autoridad, recompensa, conocimiento y coacción con los que cuenta la autoridad para canalizar eficazmente las fuerzas con las que se construyen las nuevas realidades que acercan a las metas que se persiguen.

Tal coherencia, empero, exige de un constructo teórico político que actúa desde lo propiamente ontológico, epistemológico, hasta lo metodológico, es decir, de una concepción del mundo en la cual basar la consistencia entre el relato que se difunde, con la intervención de la realidad en que se opera para avanzar hacia las metas propuestas en los programas que guían la acción de Gobierno. Es cierto que contingencias o “cisnes negros” que surgen en la acción política pueden distorsionar la ruta en la que un Gobierno esté empeñado, haciendo que muchas veces, en la improvisación inevitable, se pierda el rumbo. Sin embargo, el deber de una correcta conducción política es volver a poner siempre la proa hacia el Norte perseguido, buscando, además, que la tripulación del barco no solo legitime la acción, sino que colabore con ella, evitando así tener que acatar negociaciones favorables a los contra discursos que buscan llevar el barco en dirección opuesta.

El año 2021 estará plagado de relatos y contra relatos con pretensiones de realidad que cada sector político del país intentará hacer valer, tanto en lo diagnóstico como en lo propositivo. Se tratará de un año en el que las mentes ciudadanas estarán en el centro de la batalla política para conformar percepciones de “realidad” y ganar voluntades. Las personas libres, empero, tienen sus propias ideas del mundo, por lo que, con cierta certeza, los discursos, tanto para el nuevo trato que formulará la Convención, como en los diagnósticos que se esbozarán en lo electivo comunal, distrital, provincial, regional y nacional, tendrán efectos informes, más vinculados con las inercias ideológicas ya existentes en el país y las emergentes, que con supuestas innovaciones políticas dramáticas que pongan la proa del buque en una dirección inversa a la que el país ha seguido en los últimos treinta años.

En este marco, es comprensible la estrategia identitaria del PC, cuya dirección se ha negado a la conformación de una lista única de oposición a la constituyente y para candidatos a los cargos republicanos en juego en los próximos meses. Para ese partido -de los pocos de relevancia cuya vocación de transformación sistémica es expresa- no resulta conveniente ligar su suerte a la inevitable avenencia de posiciones reformistas democráticas que se producirá en la Convención, pues, su sobrevivencia depende de los grados de libertad que tenga para desarrollar acciones con miras al cambio sistémico, una estrategia inconsistente con su participación directa en las negociaciones político-sociales de la Convención y cuyo contra discurso más coherente ha sido la determinación de su reciente comité central de “rodear” la constituyente desde las calles.

Pero también lo es la del Gobierno, el que, más allá de los poderes objetivos que ostenta desde el propio Estado y la influencia fáctica de sus simpatizantes, ha persistido en su estrategia discursiva democrática de orden, diálogo y unidad con estricto apego a la constitución y las leyes como último parapeto republicano frente al obvio aumento de la entropía generado por la triple crisis y expresiones de desorden y violencia política y delictiva que la deslegitimación de las instituciones -manifestada hasta por los propios agentes de esas orgánicas- ha provocado y que, incomprensiblemente, es avivada por sectores de la oposición democrática en ingenua espera de ganancias electorales.

Es de esperar que la anhelada mayor participación social que busca generar la discusión constitucional sea un catalizador de esa violencia política, así como un clarificador cívico de los principios, valores, visión y misión que deben guiar a Chile en los próximos decenios. También, que las próximas elecciones de cargos republicanos revitalicen la legitimidad de una clase política renovada que, sustentada en una nueva constitución reforzada democráticamente en libertades y derechos, reimpulse al país por la senda de progreso, paz y armonía que tantos frutos le dio en las últimas décadas y que le ha permitido enfrentar con relativo éxito uno de los desafíos político-sanitarios y sociales más agudos de los últimos 100 años. (NP)

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