Editorial NP: Polémicas inútiles, discusiones necesarias

Editorial NP: Polémicas inútiles, discusiones necesarias

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Paradójicamente no sea sino debido a la polémica iniciada por el periodista Daniel Matamala y que fuera raudamente respondida por el líder de la CPC, Alfonso Swett, referida al concepto económico de Productividad Total de Factores (PTF) -a propósito de la hasta ahora rústica discusión política sobre un proyecto para reducir la semana laboral a 40 horas- la que comience a centrar la conversación sobre ese tema de modo racional y, desde luego, más respetuoso de la inteligencia de los chilenos.

En efecto, Matamala, recurriendo a una tradicional definición del concepto, ha enfatizado en que aquel es “la inspiración (avances tecnológicos, aumento de eficiencia, mejores mercados) y no la transpiración (trabajo y capital)”, usando una frase de Raineri, referida al modelo de Robert Solow, quien, en los ’50, para medir el crecimiento de una economía, lo descompuso contablemente en los aumentos de capital (inversión), del número de trabajadores (trabajo) y de la Productividad Total de Factores o PTF (residuo). Es decir, desde dicha tesis, la PTF mide el crecimiento que no es resultado de los aumentos de trabajo, ni de capital, sino de lo residual a aquellos, lo que permitiría argumentar, como lo hizo Matamala, que la “PTF mide el crecimiento que no se debe a incrementos de trabajo, ni capital”.

Demás parece señalar que, como respondiera Swett, “una cosa es un ejercicio contable y otra son las fuerzas de la economía que unen insumos, tecnología y producción”, porque, aunque los cambios en la PTF pudieran parecer exógenos en un momento dado, es evidente que, sistémicamente, incluyen las ganancias en eficiencia asociadas a la interacción de capital y trabajo, entre ellas, la inversión, la calidad del capital humano, la competencia y flexibilidad del mercado laboral, la innovación o el cambio tecnológico. Es decir, la productividad de un país es una sumatoria que, en estudios recientes, incluye, además, hasta el clima, puesto que, por ejemplo, la agricultura es afectada por aquel, aumentando o disminuyendo los resultados globales. Mismos efectos que se pueden añadir con el impacto de una buena o mala gobernanza o una mejor institucionalidad, así como de la calidad e impacto medioambiental de su matriz energética.

Así y todo, según reconocen las propias cifras investigadas por Matamala, la PTF “está en caída libre en Chile” desde la década del 90, cuando alcanzaba a 2,3%, hasta la presente en que muestra un retroceso de -0,2%, acusando, a su turno, que la productividad de las grandes empresas chilenas es apenas un tercio de la de sus pares OCDE. Y si, además se añade que según el Ranking Mundial de Competitividad IMD, en gestión de las empresas, Chile ocupa puesto 50º; en productividad y eficiencia del sector privado, el 52º; es antepenúltimo en patentes de alta tecnología, 50º en exportación de tecnología, y 54º en inversión en investigación y desarrollo (I+D), más allá de las diferencias de análisis, el país tiene un problema que supera lo meramente laboral: su productividad se ha estancado o ha disminuido, hecho que debería alertar no solo a las actuales generaciones, sino a las que vienen, quienes serán las que pagarán más duramente este atraso respecto de otras naciones en crecimiento.

Y esto, como bien señala Matamala, no pareciera ser simple resultado de la baja productividad del trabajo o, por ejemplo, de malas finanzas públicas, en donde, de acuerdo al mismo ranking, el país ocupa el puesto 17º entre 63 países; ni de una mala legislación para los negocios, donde se ubica en el lugar 18º, ni de una feroz política impositiva, en que alcanza el nivel medio (33º), sino de sus deficiencias en innovación, en transferencia o creación de nuevas tecnologías, en su aun baja calificación media de la mano de obra, en su insuficiente ahorro nacional y su fuerte dependencia como generador de riqueza de los sectores primario-exportadores (minería, pesca, forestación y fruticultura) que permitieron la acumulación inicial de capital, pero cuyas productividades y economías de escala, tras 45 años de gestión, ya tocan techo, pues cuentan con niveles de eficiencia que les han permitido permanecer competitivamente en los mercados mundiales.

Es decir, si bien la productividad media en Chile es baja respecto de países de la OCDE, en sus sectores exportadores se encuentra entre las más competitivas, razón por la que los problemas de estancamiento habría que buscarlos fuera de esas áreas, o en las causas que impiden que las primeras den ese salto cualitativo hacia productos y servicios de mayor valor agregado y calidad y, por tanto, más rentables para esas empresas y el país en su conjunto, no solo mejorando la relación entre resultados y tiempo utilizado para obtenerlos, sino también entre la cantidad de productos obtenida y los recursos usados para obtener esa producción de modo energética y ambientalmente amigables.

Es decir, mientras el país -Estado y privados, trabajadores y empresarios- no encaren en conjunto la necesidad de aumentar resueltamente la inversión en Investigación y Desarrollo (I+D), la innovación productiva y de gestión, en incrementar la calidad de su fuerza laboral y profesional, integrar tecnologías que añadan economías de escala a sectores exportadores no tradicionales, de pasos decididos hacia la producción de bienes y servicios con mayor valor agregado de exportadores tradicionales, como, por ejemplo, la nanocelulosa, que CMPC ya utiliza en algunos de sus productos, las baterias de litio, en minería, o los suplementos alimenticios, vitaminas y medicamentos en la pesca y la agricultura, consolidando una nueva alianza estratégica entre sectores productivos y las universidades, aprovechando la inversión ya realizada por el país en la creciente fuerza creativa de sus post graduados, científicos e investigadores, la PTF de Chile seguirá marcada por su dependencia contable de sectores cuyos valores oscilan hacia precios menores con cada nuevo incremento de productividad, innovación y/o nueva tecnología que incorporan sus competidores.

Se trata, como se ve, de una tarea que no se conseguirá como resultado de una polémica que pone el acento en una simple disminución o aumento de las horas de trabajo, argumentando contra las secretarias que hablan por teléfono, el ahogo tributario y la legislación laboral, o afirmando que bajar la jornada de trabajo permitirá tener empleados menos estresados, con mejor salud mental y, por lo tanto, más productivos. Chile ha conseguido, en cuatro décadas, dar un salto en su desarrollo parecido al de los “tigres asiáticos”, casi decuplicando su PIB, no por su flojera, sino por el esfuerzo en trabajo, ahorro, disciplina y estabilidad institucional, libre emprendimiento, respeto a la propiedad, apertura comercial y extensión de la profesionalización y capacitación laboral realizado en ese período.

Más profundamente -y en buena hora que el citado proyecto se haya pospuesto en su discusión en la Cámara, porque todos parecen requerir de más tiempo para sustentar sus juicios y ser escuchados por nuestros legisladores- el país enfrenta un problema de carácter estructural y, por consiguiente, exige de soluciones sistémicas que no se encararan sin evidenciar los problemas que están en la base de su actual estancamiento, para lo cual, una discusión para la galería, con meros propósitos político partidistas, no solo no los resolverá, sino que podría actuar como un anestésico que atrase aún más identificar las correcciones que nos saquen de la “trampa de los países de ingreso medio” y que nos impide dar el último salto hacia el verdadero desarrollo. (NP)

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