Editorial NP: Las mujeres tienen la palabra

Editorial NP: Las mujeres tienen la palabra

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La multitudinaria manifestación llevada a cabo por centenares de miles mujeres en diversas ciudades del país en 8 de marzo pasado constituye una interesante muestra de lo que talvez sea una de las últimas expresiones de demandas ciudadanas y sentimientos realmente masivos que queda por resolver en las sociedades democráticas occidentales, tras el derrumbe de las ideologías que, en el pasado reciente, arrastraron a millones en función de un único y gran propósito que transformaría al mundo en aquel esquivo paraíso que ha perseguido la humanidad a lo largo de toda su historia.

En efecto, a dicha marcha concurrieron representantes del género femenino sin distinción de edades, posiciones político-partidistas, nacionalidad, clase social, profesión u oficio, nivel educativo o tradición cultural o religiosa, bajo las únicas y extendidas demandas en las que todas coinciden: igualdad de derechos sociales, económicos y culturales y en contra de la violencia machista, expresa o subsumida, que aquellas, latamente, perciben como un peligro real que se cierne sobre su seguridad diaria.

Demás parece reiterar que se trata de percepciones y sentimientos que tienen una triste raíz sujeta a una experiencia de siglos y cuyas manifestaciones se evidencian en las permanentes informaciones en las que mujeres son víctimas de asesinato o crudas agresiones por parte de sus parejas, o las diferencias que aún se sostienen en diversos ámbitos como la inaceptable brecha de ingresos hombre-mujer en la realización de iguales trabajos, o en las apretadas ataduras a labores domésticas y crianza que les impiden una realización laboral voluntaria a más del 50% de las mujeres en Chile.

No viene al caso abundar aquí que, en otras culturas, la tradición o cuestiones religioso-normativas las retienen en posiciones de subordinación aún más execrables, al punto que, en países como Turquía, la simple conmemoración pública del reciente Dia de la Mujer fue impedida por la policía; o que en Arabia Saudita no hace más de un año que las mujeres pueden conducir un automóvil. Derechos a expresión y libertad de movimiento que, por lo demás, en las democracias liberales occidentales muchas jóvenes dan por sentado, pero que son resultado de la lucha de mujeres que, en la primera mitad del siglo pasado, exigieron su derecho a opinar políticamente a través del voto y que ahora, en esas otras latitudes, comienzan también a impulsar sus pares en función de una mayor libertad e igualdad de género.

Como es obvio, la amplia convocatoria que siguen generando los conceptos de libertad e igualdad -ambos imbricados significativamente con las pulsiones naturales de supervivencia y procreación y, por tanto, culturalmente irreducibles, pues la especie las trae en su código genético- invitan a una compleja diversidad individual que es imposible de enmarcar en una única posición político-partidista, ideología, religión, nacionalidad o clase. Por consiguiente, el destino “político” y la masividad del “feminismo” como expresión “ideológica” a futuro, dependerá centralmente de su capacidad de mantener sus fronteras de autodefinición en esas dos grandes demandas que reunieron a tantos centenares de miles en las calles de más de 60 ciudades del país: igualdad de género y rotundo no a la violencia machista.

Es decir, derivar desde esas justas y apremiantes exigencias un relato que añada “razones sociales estructurales” con pretensiones de universalidad conductual y que abundan hacia cuestiones de clase, educación, biología, política o propiedad, necesariamente dividirá su actual potencial unificador, pues, tal como en el caso de otros movimientos “single issues”, v.gr. No+AFP, su cualidad convocante está en la identificación del especifico y generalizado malestar social que los reúne y no en la supuesta clave redentora a contar de la cual se busca explicar el conjunto de los problemas sociales, apuntando a un cambio global de los modos de vida que los ciudadanos aprueban y practican en su privada habitualidad.

La experiencia universal muestra, por lo demás, que la reciente democracia liberal, con sus libertades de expresión y opinión, de mercados, derecho de propiedad y respeto a los acuerdos sociales mayoritarios convertidos en leyes, son el ambiente óptimo en el que las mujeres han conseguido la mayor parte de los avances culturales y políticos logrados hasta ahora. Una supuesta correlación significativa entre “dominación patriarcal” y “capitalismo” o “machismo” y “democracia liberal burguesa” no pasa de ser una pobre hipótesis político partidista cuyo propósito no apunta a la solución de los más imperiosos problemas de la femineidad, sino a objetivos partidistas y de poder, evidencia que emerge en la simple revisión de la equidad de género en los diversos otros Gobiernos no propiamente democrático liberales autodenominados “progresistas”, “socialistas” o “populares” en América y el mundo.

La atenta disposición del actual Gobierno en la búsqueda del desarrollo inclusivo, la eliminación definitiva de la extrema pobreza, la seguridad ciudadana, la infancia, la ampliación del mercado laboral, la expansión de los espacios de conducción política y económica femeninos, la protección de la familia en todas sus formas, la defensa de la vida y el acceso sin distinciones a la educación y la salud de calidad, constituyen parte de ese profundo sentimiento manifestado masivamente en pasado 8 de marzo.

Asimismo, tras un año de la nueva administración, las reformas tributaria, previsional, laboral y de salud que, entre otras, se comienzan a discutir ahora en el Congreso son, a su turno, expresiones de esta búsqueda que, como en toda democracia, requiere de acuerdos políticos mínimos indispensables para, como nación, poder materializar la visión de mundo que, con claridad, potencia, pero sin violencia, manifestaron las miles de mujeres que se congregaron y que se han constituido como una fuerza motriz que, si no se diluye o desvía en abstrusos intentos por instrumentalizarla partisanamente, debería generar el impulso social necesario para alcanzar el claro norte implícito en las demandas femeninas: un país unido, respetuoso, feliz, desarrollado y en paz. (NP)

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