Editorial NP: “La falsificación del Si”

Editorial NP: “La falsificación del Si”

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Nada peor para efectos de la convergencia y los necesarios consensos sociales que exige el progreso que creer que la interpretación de los hechos que cada quien asume como verdades, deban ser aceptadas como la “verdad oficial”.

Eso es lo que han hecho en los últimos días una serie de dirigentes políticos, intelectuales y académicos con ocasión de la conmemoración del Plebiscito de hace 30 años por parte del Presidente Piñera y sectores de la diversa coalición que lo sustenta políticamente.

En efecto, si bien en aquella oportunidad la ciudadanía chilena se vio enfrentada a decidir entre la alternativa de limitar los plazos de la dictadura hasta 1989-90 o extenderlos por ocho años más, aunque atenuada, pues significaba la elección de un Congreso, la renuncia del general Pinochet a la comandancia en jefe del Ejército, la disolución de la Junta de Gobierno y el inicio transitivo hacia un gobierno democrático, no parece legitimo afirmar que la derecha “no quería recuperar la democracia, no deseaba alcanzar lo que La Moneda conmemoró”, como “día luminoso”.

La historia es una ciencia social compleja y polémica, cuyas hermenéuticas deben ser asumidas con prudencia y sentido crítico. Aquella estudia y sistematiza los sucesos más relevantes y trascendentes del pasado de personas, grupos o sociedades humanas, analizándolos con sus propias metodologías en función de sus antecedentes, causas y consecuencias, y en los resultados de la acción mutua de unos respecto de otros, con el propósito de comprender el presente y de visualizar futuros probables. No es, por tanto, un simple ejercicio de memorias, hechos, fechas y lugares, debida o indebidamente destacados y sin conexión alguna, sino un esfuerzo para conseguir, ante todo, cierta comprensión de la conducta humana y su reconocimiento, para intentar prever consecuencias que pudieran ser evitables o recomendables.

De allí que “falsificarla” importe un ejercicio en el que o se eluden los hechos, invisivilizándolos, o se callan para evitar contradecir la hipótesis central del historiador. “La historia la escriben los vencedores”, aseveró, no sin acierto, el escritor George Orwell, autor de la conocida novela “1984”. De allí las intensas polémicas entre cultores y seguidores a través de todo su desarrollo, desde el propio Heródoto de Halicarnaso en adelante y la ingeniosa frase de Winston S. Churchill quien señalara que “La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla”.

Y aunque la derecha no pareciera ser la escritora de la historia reciente, al menos no de quienes votaron por el Si, -porque hubo en ella quienes que lo hicieron por el No, mostrando así un deseo expreso de terminar en 1989-90 con el Gobierno de Pinochet- los hechos muestran que parte no deseaba extender la dictadura y, por si no se recuerda, entre 1983 y 1985, se intentó, de la mano de connotados dirigentes de esa derecha, acelerar el momento transitivo que, de acuerdo a la Constitución de 1980, estaba dispuesto para fines de esa década.

Se falsifica, pues, la historia, cuando se afirma taxativa y globalmente que “la derecha, la misma en la que se emboscan aquellos a los que en su primer mandato (Piñera) llamó “cómplices pasivos”, no quería, por múltiples razones que entonces sentían sinceras, recuperar la democracia”. Se falsifica también cuando se olvida que, tal como en la derecha, había en la izquierda personas, grupos y partidos que no solo no creían en el sufragio universal, sino en la “dictadura del proletariado” y en el uso de la violencia para instaurarla, una posición ideológica que no validaba la regla de la mayoría que supuestamente servía tanto al marxismo como a la democracia liberal.

Se sigue falsificando la historia cuando se afirma que la conmemoración del 5 de octubre como “día luminoso” por parte de un Gobierno, cuya mayoría de sus constituyentes votaron por el Si, sería una celebración de la victoria del “No”. Y si algunos lo hicieron manifiesto volviendo a usar la chapita respectiva, fue porque fueron sufragantes de esa opción.

No.

Lo que convocó a La Moneda a parte de la derecha fue recordar el “Plebiscito”, no la victoria de la opción opositora, puesto que si hace 30 años, muchos de quienes sufragaron por la continuidad estaban convencidos que era la opción menos mala para ir transitando a la democracia (protegida o no) y/o la mejor forma de evitar una confrontación fraticida presumible, los resultados que finalmente arrojó la victoria del No son hoy el más sólido argumento para celebrar como “día luminoso” una decisión popular mayoritaria que audazmente corrió el riesgo de experimentar una salida con “lápiz y papel” y que terminó ahogando los intentos posteriores de sectores extremos de un lado y otro por invalidarla a través de la violencia.

La democracia y la libertad son conceptos que se han integrado a la cultura política chilena casi como instintos. De allí que, no obstante que tan pocas personas sepan “qué se celebra el 5 de octubre”, según una reciente encuesta, igualmente valoren sus libertades de información, expresión y opinión, de movimiento, emprendimiento o religión y, a pesar del masivo desprecio por los partidos políticos, sigan buscando orgánicas de dicha índole para expresarlas y defenderlas.

Tales son, pues, los sentidos que sustentan a quienes votaron Si, para sentirse parte de la recuperación de una democracia que, si hemos de ser estrictos, la izquierda, tal como antes, sigue considerando insuficiente y de la cual aún se estiman acreedores de una deuda, hecho que, muy probablemente sea parte de las razones de fondo por las cuales muchos votantes del “No”, con una visión más moderada de la vida y de sus inevitables cambios, hayan terminado apoyando Gobiernos de derecha que ofrecen dichos progresos en el marco de una sociedad de libertades como la actual, sin recurrir al visiones utópicas en las que todos los problemas humanos serán resueltos.

Tampoco es tan difícil de comprender que hoy las encuestas muestren que mas del 70% de la población habría votado por el No en 1988: sobre el 65% de quienes hoy pueden sufragar corresponden a personas nacidas por esos años o posteriores. La realidad fáctica es, pues, que, de los 7,4 millones de ciudadanos habilitados para votar en 1988, 7,2 millones concurrieron a las urnas (97,53%) -una participación histórica- y de estos, 3,1 millones votaron por la continuidad.

¿Todos ellos se han falsificado a sí mismos?

Tal como señalara un destacado columnista, lo fáctico es que “nada de lo anterior significa afirmar que hoy día la derecha no crea en la democracia o que sus miembros, al menos la mayoría de ellos, no adhieran sinceramente a ella o no hayan contribuido a consolidarla”. Y en buena hora.

Es decir, la derecha hoy es un agente democrático más, que, junto a sectores de centro y de centro izquierda, reivindican, desde sus respectivas miradas de mundo en lo social, económico, político y cultural, las libertades propias de ese sistema de Gobierno. Que a ella se hayan unido sectores que en el pasado estuvieron por el No, agrega pruebas de este compromiso con dichos valores y ayudan a reordenar un cuadro político social ya demasiados años estancado en el trauma del golpe de Estado y que cada septiembre-octubre nos vuelve a dividir como nación.

Para avanzar en la convergencia y los consensos -a no ser que eso no sea el propósito- nada peor que insistir en divisiones que las propias FF.AA. aún pagan por una intervención solicitada por poderes públicos y la ciudadanía; y menos aún lo hacen metáforas en las que quienes legítimamente concurrieron a un acto político ciudadano, conscientes de una posición que hoy se critica, sean categorizados como supuestos “agentes involuntarios (como Judas lo fue de la revelación) de la democracia”.

No hay falsificación alguna en haber votado por el Si, con su consecuente extensión de un itinerario constitucional que -legítimo o no- era el que regía los actos ciudadanos para aquella época, y sentirse un gestor de la democracia presente, sin la necesidad de recurrir a “la falacia de Judas”, un actor de la historia religiosa cristiana cuyo rol, por lo demás, tiende a ser reivindicado en la comprensión de que dado que no habría acto humano que escape a la voluntad de la divinidad, sin aquel, por tanto, Jesús sería un nombre olvidado.

Desde luego, si lo que se quiere es mantener la tensión social y la división entre los chilenos sosteniendo cada vez más artificialmente la sobrevida de la pasión del clivaje Si-No y ver a la derecha arrodillada institucionalmente pidiendo perdón por sus actos y complicidades con la dictadura, entonces la “falsificación” del Si es una buena herramienta para dividir a los “puros” de los “pecadores”. (NP)

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