Editorial NP: “El Test del Marshmallow”

Editorial NP: “El Test del Marshmallow”

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Un clásico experimento realizado en la década de los 60 por el doctor en psicología, Walter Mischel, y conocido como “el Test del Marshmallow”, consiste en dejar solo a un pequeño con un malvavisco en una sala, asegurándole que, si espera para comerlo, tendrá como recompensa otro. Como se sabe, en general, sólo un tercio de los niños consiguió esperar hasta que regresara el adulto, postergando la pulsión por la gratificación inmediata, una herramienta básica, por lo demás, para nuestro desarrollo psicológico, humano y espiritual y que nos muestra la diversidad de conductas que la especie puede tener frente al consumo o su postergación, esperando mejorar el premio y satisfacción posterior.

A mayor abundamiento, en un primer estudio ex post, realizado en 1989, los investigadores hallaron que los niños que fueron capaces de postergar la gratificación instantánea, eran cognitiva, social y académicamente “más competentes” que quienes no pudieron aguantar la tentación. En el trabajo que continuó, en 1990, se encontró que los puntajes en la prueba SAT (similar a la PSU), su capacidad para lograr objetivos y manejar el estrés en los niños que resistieron la tentación, eran superiores a quienes no pudieron postergar la gratificación instantánea. Posteriormente, cuando estos niños ya fueron adultos se les sometió a un escáner, encontrándose diferencias estructurales en sus cerebros, en las que quienes resistieron la tentación, tenían una corteza prefrontal más activa que quienes se comieron el marshmallow.

Es cierto. El test puede tener problemas metodológicos, como no reparar en que el experimento no aisló a aquellos niños de las precondiciones culturales en los EE.UU. de los 60, un país que tras la II Guerra Mundial ya se alzaba como una potencia mundial fundando su desarrollo, precisamente, en el estímulo al consumo inmediato, a través del mercadeo, la publicidad y la presión cultural por adquirir, sobre una generación anterior que había sufrido la escasez e incertidumbres propias de un conflicto bélico y mantenía cierta cultura de la moderación heredada de sus antecesores inmigrados desde diversas partes del orbe, por razones económicas o religiosas.

Sin embargo, sus resultados -que por lo demás han sido reconfirmados en múltiples experimentos similares posteriores- pueden ilustrar comportamientos que para efectos de la política tienen profundo significado.

En efecto, en las sociedades democráticas de libre mercado, la libertad de consumo está vinculada a la capacidad de compra, hecho que obliga, la mayor de las veces, a priorizar las adquisiciones según las diversas prelaciones de necesidad que las personas han ido edificando en sus vidas. Esto, a su turno, define la libertad personal -en primer lugar- como la capacidad de control sobre los propios impulsos, es decir, una autonomía de la voluntad individual por sobre los instintos, capacitándose así emocionalmente para el segundo nivel de libertad, mediante el cual pueden establecer relaciones sociales armónicas y pacíficas con los otros miembros de la sociedad en la que participa, respetando sus normas de convivencia y la libertad e igualdad de derechos jurídicos de los otros.

Para el caso de la política, el “Tes del Marshmallow” nos refiere a las diferencias entre una democracia representativa, el Estado de Derecho, con sus libertades de expresión, opinión, reunión, desplazamiento o religión y división de poderes y la llamada democracia “populista”: la primera, madura y adulta, la segunda, más infantil y e incontinente. En esta última versión -que más se parece a lo que A. De Tocqueville calificara como “dictadura de las mayorías” en su “Democracia en América”- las elites políticas elegidas para representar los intereses de los diversos grupos que conviven en sociedades plurales, van poniendo paulatinamente “la carreta delante de los bueyes”, de manera de conseguir o mantener los votos que les permitan sostener aquel legítimo poder de representación. Pero para aquello, terminan dejándose llevar por lo que denominan la “voluntad del pueblo”, muchas veces sacrificando el interés de las minorías y, por tanto, trasmutando su representatividad en ilegítima. Paso a paso, van derivando sus posiciones políticas de principios en posturas de oportunidad coyuntural, mirando primero las encuestas y sondeos, cuyo valor estadístico, por lo demás, dependerá de la correcta aplicación de las metodologías pertinentes, aunque, por cierto, aparentemente inconscientes que trabajan con respuestas que no tienen más complejidad que el “si”, “no” o “no sé” de los encuestados, sin correlación ninguna con los múltiples factores relevantes que el hecho consultado exige para constituirse realmente en una verdad político administrativa que conduzca hacia los objetivos buscados.

No se trata de minusvalorar ni las cualidades de verificación de la ciencia o la técnica, ni los deseos ciudadanos mayoritarios expresados en encuestas -pues en política siempre hay que escucharlos- no obstante que, tanto desde la pura y simple satisfacción irreflexiva de las demandas masivas, como desde el punto de vista de la racionalidad aplicada, sin los debidos parapetos éticos (que son siempre políticos, pues son principios), pueden llevar a las sociedades a desastres descomunales por la falta de sintonía entre la verificación y correcta interpretación de un fenómeno social y los pulsos de una ciudadanía irritada que exige ciertos derechos conculcados, con razón o sin ella.

Baste, como ejemplo, decir que privilegiar la gratuidad universitaria por sobre la de niños en edad preescolar puede constituirse en una grave falla geológica para una sociedad que la explique porque es más rentable el gasto en universitarios que en niños, en la medida que se puede esperar que aquellos sean productivos en menor tiempo. Tal tipo de racionalidad puede también derivar en que es más eficiente favorecer a las capas medias que a los pobres, porque los primeros devolverán el aporte social más rápidamente que los segundos.

Así, de acuerdo con la última encuesta UDP-Criteria, el 81% de los ciudadanos cree que el sistema previsional debe ser totalmente estatal; el 83% apoya estatizar los servicios de agua, gas y electricidad, y solo un 23% está a favor que las isapres sigan siendo privadas. Pero ¿significan estas respuestas que el 81% de los ciudadanos cree que siendo el sistema previsional estatal le asegurará mejores pensiones?; ¿o que los servicios de agua, gas y electricidad serán más baratos y eficientes, si pasan a manos de una burocracia estatal conducida por la actual clase política, una de las más desprestigiadas de la historia del país? Y ¿por qué, si solo el 23% está a favor de las Isapres privadas, miles de usuarios de Fonasa siguen emigrando hacia las Isapres?

El “populismo” democrático, en su simpleza, responde asintiendo a todas las demandas mal o bien formuladas por los encuestadores, sin reparar en gastos. Y si lo que los manifestantes expresan es “universidad gratuita y sin lucro para todos”, se asegura de buscar satisfacerlo, aunque, luego, enfrentados a la verificación de los hechos, a la ciencia económica, los consejos de la repudiada tecnocracia, los recursos no alcancen y la promesa ofrecida no sea sino un “mamarracho”, desilusionando a moros y cristianos y, de paso, aumentando deudas fiscales que atormentarán a las próximas generaciones. Así, el “Test del Marshmallow” se transforma en el viejo aforismo: “pan para hoy, hambre para mañana”.

Una clase política respetable y que se respeta a sí misma debe tener la virtud de decir a los suyos, según sus principios políticos, que no siempre aquello que quieren las mayorías iracundas con las “injusticias” presentes, es lo mejor para el conjunto, debiendo exponer siempre, cómo y cuánto cuesta realizar los sueños de sus representados, sin olvidar que la nación es el conjunto de sus habitantes de hoy y mañana, de sus mayorías circunstanciales y de sus minorías.

Es probable que tal conducta amenace sus pretensiones de continuidad en los cargos de representación, pero también es el único modo de dignificar su liderazgo tan deteriorado, aprendiendo y enseñando a los pueblos a controlar las propias pulsiones, los naturales instintos de satisfacción inmediata, posibilitándoles las herramientas conductuales que les permitan conseguir sus objetivos con mayor persistencia, convivir en armonía con los otros, a lograr, en fin, una corteza prefrontal más activa que les permita vivir pacífica y civilizadamente en el marco de las normas que la sociedad se va dando en su desarrollo. (NP)

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