Editorial NP: Conflicto social y políticas públicas

Editorial NP: Conflicto social y políticas públicas

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Por lo general, los conflictos sociales de cierta magnitud son precedidos por el surgimiento de condiciones materiales, objetivas, reales, de escasez o inexistencia de los medios con los cuales los indignados solían sostener una vida acorde con sus expectativas de confort y satisfacción de sus necesidades -básicas o de mayor complejidad-, según evolucionan sus propias percepciones subjetivas de bienestar respecto de lo que observa en sus entornos. La emergencia de dichas manifestaciones en diversos países del mundo, tras las crisis de 2008, es una de sus muestras.

Las incomodidades físicas y sicológicas que el sujeto va incorporando paulatinamente frente a necesidades que no logra satisfacer, van alterando sus equilibrios sicosomáticos y, eventualmente, lo impulsarán a la acción individual -o grupal- para resolver una inestabilidad vital en la que no puede persistir, so pena de más graves consecuencias para su salud física y mental.

A veces, las soluciones más inmediatas no conseguidas a través del esfuerzo y formas aceptadas socialmente, derivan en trasgresiones normativas que terminan lesionando a otros con actos delictuales que, utilizando violencia física, simplemente quitan a terceros los bienes que el insatisfecho busca; otras, al modo nihilista, destruyendo los bienes preciados sin más motivo que «si yo no lo puedo tener, no lo tendrá nadie»; u otras, durante un cierto proceso gestación de la contrariedad, el disgustado “racionaliza” su incomodidad y genera excusas que justifican la violación de las normas y, por consiguiente, de los derechos de los otros a quienes su ímpetu afectará.

Con razón o sin ella, emerge así un corpus de ideas que, como “Somos el 99%” o «No son 30 pesos, son 30 años», de una parte, busca aliados que compartan el malestar, lo legitimen, unan sus fuerzas y actúen de consuno en función de la satisfacción de las necesidades demandadas y, de otra, crea a un “enemigo”, al que se atribuye el origen y causa de sus desventuras, en este caso el 1% que administra el 30% de la riqueza mundial.

El mecanismo sico-sociológico reseñado no hace juicios sobre la validez o no de las razones mediante las cuales se puede llegar a justificar el uso de la violencia de unos contra otros, sino, simplemente, constata el hecho de que, por lo general, los conflictos sociales surgen como consecuencia de esa inevitable colisión entre necesidades infinitas y complejas -pirámide de Maslow- y bienes y servicios que, por definición, son escasos, razón por lo cual se valoran o “tienen precio”. De allí que se asegure que los seres humanos están tranquilos y son más generosos en la abundancia y más irritables y egoístas en la escasez.

Así, se podría deducir que, en entornos de mayor abundancia y acceso a bienes y servicios diversos, debería haber menor pulsión biológica que invite a la violencia para satisfacer ciertas demandas. Pero la complejidad humana no obedece a tales algoritmos lógicos tan fácilmente. Como muestra la historia, la sola abundancia de determinados bienes y servicios no asegura la armonía social debido a que el hombre no solo nomina lo que ve, sino también lo “valora” y “compara”, pulsión que no es solo propia de la especie humana, sino también de nuestros parientes lejanos, los primates. Aquello, por lo demás, explica el éxito de ciertas marcas por sobre otras, no obstante la sutil diferencia en calidad que pudieran diferenciarlas.

Entonces, se añaden a esas condiciones materiales, objetivas, reales, de escasez o inexistencia de aquellos medios con los cuales los indignados solían sostener una vida acorde con sus expectativas de confort y satisfacción de sus necesidades, otras que son propias, subjetivas, devenidas de la cultura, entornos y estructuras de poder sobre las cuales la percepción de realidad de cada cual está instalada. Y en ese caso, más que la abundancia o escasez, opera lo “simbólico”, es decir, ese nuevo “valor” de las cosas que, según su exclusividad, distingue a unos de otros dentro de la arquitectura del poder que aglutina al conjunto social (lo que no es poco considerando los beneficios a los que el favor de Jahvéh permite acceder en materias de supervivencia, procreación y creación). .

Así, la libertad de elegir un bien que la abundancia que aquella posibilita y genera y que satisface necesidades básicas, pero que, dada su profusión, no distingue a su consumidor, abre paso a la búsqueda de “objetos símbolo” de diferencia y superioridad de quienes han logrado cierto éxito, suscitando, como contrapartida, la pulsión de los desiguales por dicho acceso con mayor igualdad. Caín, ante el favoritismo de Javéh por las ofrendas de Abel, asesina a su hermano a quien culpa de la injusticia.

Libertad e igualdad parecen, pues, partes componentes de una misma unidad contradictoria que, no obstante su conflictividad, dinamiza las relaciones sociales en una suerte de lucha constante e interminable, que evoluciona según la especie observa, conoce, nomina, controla, crea y diseña nuevos bienes y servicios apetecibles, que luego se transforman en “necesidades emergentes” y cuyo precio de oferta constreñida los hace accesibles inicialmente a cierto número de consumidores, aunque envidiables y ajenos, para otros.

Creada así la necesidad, una mayoría espera pacientemente acumular los medios para satisfacerla, mientras otros, incapaces de controlar su ansiedad por acceder de inmediato a la necesidad objetiva o el requerimiento de distinción puede llegar a asaltar y matar por un celular o zapatillas de moda, aunque pasado algún tiempo, la propia libertad creadora y competencia productiva que desiguala lleve el valor de aquel bien a precios alcanzables para inmensas mayorías. Solo hace unos años, se destacaba, por lo ridículo, a un individuo multado por manejar hablando con un celular de madera para fingir tal distinción de consumo. Hoy hay más celulares que habitantes en el país.

Este tipo de desarrollo asimétrico, asociado a la libertad de pensar, decir y hacer que caracteriza a las sociedades democrático liberales, es hoy satanizado por quienes culpan al “neoliberalismo” de una violencia estructural en la que producto de dichas desigualdades, hay un sector de la sociedad que vive en condiciones propias de país floreciente, mientras otra sufre las penurias de uno subdesarrollado, aunque puedan ser diferencias y desigualdades coyunturales, pero que se asumen abismales producto de la comparación con el avance y estilo de vida de los más favorecidos.

Así y todo, estas crudas desigualdades se instalan como estímulo para millones que querrían acceder a dichos bienes de consumo superior, aunque, en paralelo, incitan ideas que emergen naturalmente entre quienes sufren o sanamente empatizan con los que no consiguen siquiera las mínimas condiciones de vida de los que han alcanzado sus metas. En países de desarrollo medio, con elites muy desacopladas del modo de vida general, la desigualdad se transforma en un propósito político social presente que muchas veces promueve soluciones que cargan injustamente sus costos a las generaciones futuras. Pero como a estas alturas del conocimiento, la mayoría ya entiende que la riqueza es lo que se produce y no el dinero -que solo la representa- cada vez son afortunadamente menos las propuestas para superar la pobreza emitiendo moneda fiat para repartirla a destajo al modo peronista desde la ventanilla de un tren (que solo produce inflación), aunque, como alternativa, emergen otros proyectos para quitar recursos a los más ricos y redistribuirlos, porque, por lo demás, aquellos serían “producto de la explotación del trabajo” que debe ser devuelto a sus creadores.

Por cierto, con elites desacreditadas y grandes mayorías afectadas por la crisis, la idea de redistribuir se extiende y populariza, porque la conmiseración con la necesidad ajena es sana y porque, los más avezados, hasta aseguran que, habiendo redistribución, habrá más consumo, mayor actividad, más empleo y todos ganarán: los más desventajados por un mayor acceso a los bienes; los más ricos, porque podrán producir y vender más.

Sin embargo, si la riqueza es, como vimos, una torta única que solo crece gracias a la producción -y no del dinero que la representa-, aquello requiere de inversión y si ésta disminuye debido a mayores impuestos a los capitales para ser redistribuidos, la producción se verá afectada, ralentizando el ritmo de crecimiento. Adicionalmente, habiendo, en paralelo, mayor consumo, los precios de los bienes y servicios escasos subirán, impactando a los más pobres. Tras los IFE y retiros del 10% ya se ha podido experimentar un sorbo de esta receta, con una inflación del 7,2% en 2021, la más alta desde 2007, al tiempo que la tasa de interés (4%) ha seguido (y seguramente seguirá) al alza (hasta 6%) limitando una más amplia colocación de créditos hipotecarios y a empresas.

La economía nacional en 2021 ha dado varias sorpresas, no obstante el impacto de la pandemia que persiste. De hecho, la inversión extranjera creció 72% respecto de 2020, llegando a casi US$ 16 mil millones; las exportaciones subieron a un récord de casi US$ 95 mil millones, mientras las importaciones aumentaron en 55%. La deuda de los hogares cayó en 30% y la venta de autos nuevos casi supera la cifra histórica de 2018 de 417 mil unidades. El Producto Interno Bruto (PIB) crecerá cerca del 12%, mientras la recuperación del empleo llega a casi el 80% de los puestos de trabajo perdidos en 2020 y dejan la desocupación en 7,5%, cifras que están llevando el sueldo mínimo automáticamente a $350 mil.

El Presidente electo, Gabriel Boric, por su parte, en reunión con el Consejo del Banco Central, ha asegurado el compromiso de su gobierno de respetar la autonomía de la entidad y su tarea de defender el poder adquisitivo de la moneda. Una determinación que es crucial frente a un par de años de ajuste necesario para una economía sobrecalentada y con una deuda bruta del Gobierno central que se eleva a los US$ 103 mil millones que limita su capacidad inversora o empresarial. Asimismo, con desafíos como la puesta en marcha de una Pensión Universal Garantizada (PGU) que requiere de más recursos en momentos en los que, adicionalmente, el empresariado parece dispuesto a asumir cambios en el horario laboral, llevándolo a las 40 horas; y que la propia CUT se encuentra empeñada en colaborar con el nuevo Gobierno en acuerdos que aceleren la producción y productividad del trabajo.

Existiendo proyectos mineros en fase de decisión por más de US$ 30 mil millones, las decisiones normativas frente a este sector que explica casi el 45% de las exportaciones nacionales serán cruciales, así como despejar rápidamente aspectos jurídicos e incertidumbres desde la política, respecto de licitaciones en curso en el ámbito de la minería no metálica. También la pronta definición y alcances de lo que se ha denominado “Estado Emprendedor”, que pareciera apuntar a un tipo de colaboración público-privada que, si no implica inversiones fiscales en proyectos productivos con recursos que se restan a la satisfacción de necesidades sociales, puede tener efectos virtuosos al facilitar la inversión nacional y extranjera en áreas con claras proyecciones en el ámbito energético y medioambiental.

Con miras a la nueva sociedad de la información que ya inunda al globo, una crisis climática que amenaza con serios cambios ambientales en amplios territorios del mundo que conocemos, pero que ponen en la primera línea de nuevas necesidades recursos nacionales abundantes que son bases de la nueva revolución tecnológico-productiva y verde como el cobre, litio, hidrogeno verde, sol, viento y mar, Chile tiene la oportunidad de, asegurando los necesarios ajustes con estabilidad jurídica y social, alcanzar en los próximos 30 años su puesto entre las naciones desarrolladas.

Todo ello, empero, a condición que las luchas político-partidistas, tanto al interior de las coaliciones que lideran los distintos poderes institucionales, como de sus respectivas oposiciones, no se transformen en “lomos de toro” para la aplicación, con criterio nacional, de políticas públicas que, por sobre sus naturales luchas de poder, confíen en las recomendaciones de los especialistas, poniendo foco en el crecimiento. Se evita así el resurgimiento de condiciones materiales, objetivas, reales, de escasez o inexistencia de aquellos medios con los cuales la ciudadanía puedan llenar sus expectativas de confort y satisfacción de sus necesidades crecientes, según evolucionan las nuevas percepciones subjetivas de bienestar surgidas de avances que son perfectamente posibles si se logran los requeridos consensos y unidad de objetivos en las próximas décadas. (NP)

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