Edén Pastora, un revolucionario indeseable

Edén Pastora, un revolucionario indeseable

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La muerte de Edén Pastora, el mítico “Comandante Cero” de la revolución nicaragüense, volvió la atención sobre este pequeño país centroamericano por un tema recurrente, el de las escisiones temporales que registra toda revolución social. Pastora sintetiza la figura de un líder indeseable, alborotador y que termina cayendo en desgracia sin lograr imponerse a lo que Braudel denomina sugerentemente fuerzas de larga duración (longue durée).

En efecto, la gesta sandinista gozó en sus inicios de variadas simpatías en el continente. El largo período somocista había incubado un sentimiento explosivo en el país que amenazaba con extenderse por toda Centroamérica (como finalmente ocurrió). Fue el elemento de arrojo juvenil lo que tuvo un papel central en la gestación de simpatías por aquel proceso revolucionario. Igual que Cuba a inicio de los 60. Y desde luego que otro tanto contribuyeron los íconos culturales de la época, empujados por una cierta frivolidad. Los nuevos buenos salvajes de Managua despertaron un entusiasmo desbordante, incluso en Europa.

Todo partió un 22 de agosto de 1978. Ese día, un grupo guerrillero semi-desconocido (salvo por los textos de Gregorio Selser), el Frente Sandinista de Liberación Nacional, irrumpió violentamente en el Congreso durante una sesión plenaria y logró capturar a la totalidad de los parlamentarios. Fue la llamada “Operación La Chanchera”. Somoza no tuvo otra opción que canjear a los rehenes por una buena cantidad de dirigentes que se encontraban presos, entre otros, el que posteriormente se transformó en el hombre fuerte, Daniel Ortega. Los sandinistas emergieron entonces como héroes mediáticos. Centro de las atenciones fue el líder de la operación, Edén Pastora, que se había auto-asignado el llamativo apodo de “Comandante Cero”.

Dicha operación fue el comienzo del fin de los Somoza. Al año siguiente, y apoyados por tropas regulares cubanas, los sandinistas se tomaron el poder y Managua pasó a ser la nueva capital imaginaria de los revolucionarios latinoamericanos. Miles de jóvenes partieron a conocer la nueva Meca. Era una gesta revolucionaria menos rígida, menos contaminada y de más amplio espectro. Así lo creían fehacientemente.

El furor y el jolgorio impidieron tomar notar que, tras el triunfo, Pastora fue designado viceministro del Interior; un cargo claramente menor. Nadie reparó que este aguerrido comandante era del todo ajeno a la elite sandinista y que su designación en ese puesto fue más bien a regañadientes. Sólo su fuerte personalidad, su popularidad ganada con la operación de asalto al Congreso y –lo principal- esa buena cantidad de elementos fuertemente armados tras sí, impidieron que quedara marginado del todo. Como era de esperar, su fama y poder se eclipsaron muy pronto. La influencia cubana se hizo cargo de las fuerzas de larga duración y, en medio de acusaciones mutuas de traición, Pastora fue desplazado. Debió huir. Se instaló en Costa Rica. Desde allí trató de derrocar a los sandinistas, pero falló en el intento. Sin embargo, por razones desconocidas, al poco tiempo depuso las armas y pactó con Daniel Ortega. Completamente alejado de los grandes sucesos, se dio por satisfecho con un cargo de  supervisor gubernamental en pequeños proyectos en caletas pesqueras. Allí, tras años de marginalidad, se infectó fatalmente con Covid19.

El caso nicaragüense confirma que todo proceso revolucionario aglutina en sus inicios a grupos tan entusiastas como heterogéneos, los cuales, una vez asentado el proceso, comienzan a ajustar cuentas entre ellos. Siempre es el curso posterior y el carácter de la revolución lo que provoca las disputas y las escisiones. También es cierto que, muchas veces, emerge un matiz étnico-nacionalista, decisivo a la hora  de dirimirse estos conflictos. En la URSS, Polonia y en otros países del bloque soviético, los que cayeron en desgracia fueron básicamente líderes de origen judío (Trotsky, Slánsky). En América Latina han sido los extranjeros. Y es que a todas las acciones guerrilleras latinoamericanas han concurrido espontáneamente los inevitables curiosos de siempre; quizás atraídos por el cuento de la Patria Grande de Manuel Ugarte. Pero, al igual que los defenestrados del mundo pro-soviético, terminan excluidos y, la mayoría de las veces, muertos. Es un tinte de nacionalismo el que se apodera de quienes actúan como anfitriones en estos procesos.

En la Revolución Cubana, los Castro resolvieron rápidamente la disidencia del ya olvidado comandante William Morgan, un estadounidense que fue el primero en contactarlos con proveedores de armas. Pese a ganarse su grado en combate, apenas manifestó su disconformidad con el camino pro-soviético en 1961, fue conducido al paredón. Por las mismas razones también cayó en desgracia Eloy Gutiérrez Menoyo, el comandante nacido en Madrid, hijo de un importante médico y dirigente del Partido Socialista Obrero Español durante la República. Pasó 22 años preso. El propio Ernesto Guevara es otro buen ejemplo. Para limar a tiempo las asperezas, le ofrecieron ver in situ la posibilidad de agitar la revolución en Argelia, Congo y norte de Argentina. Su muerte, tratando de crear un foco insurreccional en Bolivia, lo elevó al rango de santo en el panteón revolucionario. Su rostro ya es parte del poder blando cubano. Curioso destino común tuvieron Gutiérrez Menoyo, Morgan y Guevara, los únicos comandantes de la revolución no nacidos en Cuba.

Y hace poco, en 2016, al iniciar las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, éstas sorprendieron al presentar en la mesa de negociaciones a una comandante holandesa, Tanja Nijmeijer, y a otro de origen argentino, Facundo Molares. Se produjo lo esperable. Apenas entraron en contradicción con las fuerzas de larga duración, se los tragó la tierra. Se dijo que habían sido degradados y que optaron por regresar a sus países de origen. Seguramente hoy deambulan por Amsterdam y Buenos Aires en busca de nuevas causas. Siempre hay alguna en curso.

Las evidencias apuntan a que Edén Pastora y Gutiérrez Menoyo pertenecen a ese raro grupo de defenestrados que murieron por causas naturales, y no en un paredón, o víctima de una enfermedad sorpresiva o a manos de un sicario. En ellos se percibe ese halo incomprensible de romper con los vencedores, reconciliarse con ellos y volver  a romper. Así, ad infinitum. Es muy probable que hayan carecido de la desmesura y del apoyo de un grupo cohesionado para imponerse como fuerza de larga duración.

Como sea, la vida de Edén Pastora deja al descubierto aquella regularidad sobre personajes revolucionarios díscolos (aunque no con menos muertos a cuestas), que de pronto caminan hacia el vacío. Son personajes absurdos, que creen alcanzar el cielo, pero en realidad nunca salen del limbo. Siempre en esperas eternas. Es como si hubiesen escapado de una obra de Ionesco o de Beckett. (El Líbero)

Iván Witker

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