¿De qué deuda nos hablan?

¿De qué deuda nos hablan?

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La Presidenta afirmó que el país tiene «una deuda con los pueblos originarios». Como palabras de cortesía, podrían sonar como una mera estrategia protocolar. Pero a raíz del conflicto mapuche, donde en un incesante proceso que ya dura 25 años se transitó una escalada de insurgencia armada, la metáfora alcanza ribetes peligrosos.

Si se asume lo de «deuda» como realidad objetiva, no queda títere con cabeza, estallando el mundo en mil pedazos. En el caso de un conflicto sin fin, ni árabes ni judíos podrían permanecer en Israel/Palestina. Si pretendemos solucionar el siglo XIX, destruimos el siglo XXI: ningún país de la tierra permanecería intacto. En el caso del conflicto mapuche se propone pagar una deuda que cubre desde el siglo XVI al XIX (no pocos la alargan hasta hoy). No quedará piedra sobre piedra. En parte es lo que está sucediendo en La Araucanía con la limpieza étnica de que son víctimas los criollos de parte de activistas mapuches (a estas alturas ni uno de ellos es étnicamente «puro», en biología, en cultura, en usos), entre los que hay una cuota de criollos de pura cepa.

Esto es lo otro. No hay en sí mismo un despertar mapuche, sino que el tema de las minorías étnicas adquirió protagonismo en la política mundial después de la Guerra Fría y por ende «estalló» también en Chile. Cierto, había pobreza especial en nuestros mapuches y un tema de extrañeza, de rasgos culturales (solo) en parte distintos al resto de los chilenos, hoy exagerado hasta lo inverosímil, ya que el bienvenido mestizaje ha sido más fuerte. Este es un tema para Chile, con dos caras. Una es la violencia ahora francamente insurgente que ningún gobierno ha podido frenar, y a ojos vista pretende dividir geográficamente al país. Es cierto que la contrainsurgencia -muy escuálida hasta el momento- debe aunar la acción policial con la política más general de separar a esta emergente guerrilla rural del resto de la población, pero el violentista debe experimentar que sus actos no son gratuitos para él.

A largo plazo no diviso otra estrategia convincente para el conflicto que no sea una fusión mayor con todo el criollaje, en lo personal y en lo cultural. ¿Que esto viola una soberana autonomía de toda cultura? Esta idea no surgió así tal cual del mundo mapuche o de cualquier otro llamado pueblo originario. Su raíz remota está en los románticos alemanes del 1800. Lo que en su origen era una mirada reverencial a la sabiduría arcaica de la que deberíamos aprender, se convirtió en una ideología global entre los siglos XIX y XX, de particularidades que sin embargo existen en todas partes. No solo en nazis y fascistas, al final sucedió lo mismo en torno a los regímenes comunistas y en el nacionalismo tercermundista. Ahora es lo que se afirma que representan todos los pueblos (llamados) originarios, ¡a pesar de todas las diferencias que manifiestan entre sí! En realidad corresponde a un lenguaje académico e ideológico -se sabe, combinación explosiva- global que propugna un aislamiento perpetuo y artificial del mundo mapuche, con la consigna de recuperación de tierras, tramposa porque entre otras razones la tierra no alcanza para todos ni mucho menos.

La interacción entre los grupos humanos ha sido un factor esencial de la existencia histórica, no uno marginal o hasta peligroso como nos quieren convencer; de esa experiencia es de donde se origina la particularidad de cada cual. Se quiere forzar un regreso al paraíso, que sabemos -quienes fuimos hijos del siglo XX- no se puede realizar sin grave peligro para la especie. Solo al fin de la historia, en la estela de Adán y Eva, accederemos quizás a ese paraíso perdido.

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