Cuentos constituyentes

Cuentos constituyentes

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“Un mundo en que todo ha cambiado, menos las nubes”. Se escribió a propósito de la segunda guerra mundial, en un ensayo famoso que se llama “El narrador”. Las catástrofes históricas, las catástrofes mundiales como las de la pandemia y la ingobernabilidad, nos hacen sentir que tenemos frío de muerte aunque por ahora sea en el alma, y que el tiempo en que lográbamos articularnos, hilarnos con los demás, ya no existe.

Se agrava la situación porque no le creemos casi a nadie. (“Casi”; buena palabra.) Hace muchos años leí un poema. En mi recuerdo comenzaba: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. Pero sé/ que la cuna del hombre la mecen con cuentos(…). Y al final repetía: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos/ Y sé todos los cuentos”. Lo hice mío durante años y años. Espero que ya no. Quiero oír cuentos que pueda creer.

Como en “El narrador”, ahora todo ha cambiado para el pobre y fragilísimo cuerpo humano, y parece que no hay cuento que resista. Me refugio: “soñé que era muy niño, que estaba en la cocina/ oyendo los cuentos de la vieja Paulina”. Se tiene miedo en la infancia. Hubo tiempos en que “contar un cuento” no era sinónimo de pasar gato por liebre, sino solo de estar juntos, escuchando, imaginándonos cosas fantásticas, ajenas a lo inmediato. El cuento servía para alejar el miedo a la oscuridad y para reunirnos, para hilar algo.

Son tiempos muy lejanos, y muy lentos. No los nuestros. Alguien ha llamado “sabotaje de la experiencia” al ritmo frenético de los medios de comunicación y para qué decir de las redes sociales. Los vozarrones que dejan sin oír las voces de otros. Los cuentos imperantes, en los que ya nadie cree.

¿Cómo serán los cuentos de nuestra Convención Constituyente? Mi esperanza es que haya un tiempo de ritmo lento, con un calorcito en el medio, con mujeres y hombres, paritarios por primera vez en la historia, sintonizando primero en el silencio, dándose una acogida de respeto mutuo, curiosidad por los modos de ser del otro, y poco ego, poca defensa propia, poco miedo. Muchas mujeres han debido aprender eso y pueden enseñarlo. Hablando se entiende la gente, ojalá. La esperanza no es un estado de ánimo. Es más bien una opción ética ahora.

Elijamos gente capaz de ampliar su conciencia, porque el país necesita salir de este brete. Dejemos de lado a los fanáticos vociferantes. Confiemos en las personas que patrocinamos y por quienes votamos: confiemos en que harán lo correcto, lo honesto. Apelemos a lo mejor de ellas: a sus experiencias profundas, a su generosidad. Confiemos en que Chile es más de lo que estamos mostrando por el momento. Que en “la hora de los quiubos” cada uno actuará en conciencia, en conciencia enanchada, y que tendremos la capacidad de entender. Que nadie irá a la Convención con el ánimo de “vender su propio cuento”.

En un período de tanta oscuridad, un grupo más reducido, en torno al calor de la entrega a un trabajo bien intencionado y de la apelación a las virtudes humanas, puede reparar el “tejido nacional” (Lincoln), hilar un cuento en que, por fin, quepamos todos. Puede ser nuestra delicada esperanza. Hilar bien el cuento, hilarlo fino. Como ciudadanía, digo. Piensen en la alternativa.

Adriana Valdés

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