Convivir en la diversidad

Convivir en la diversidad

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Un grupo de académicos de la Universidad Diego Portales está movilizándose para “protestar” por opiniones del rector y columnista Carlos Peña sobre los hechos que están sucediendo en el país. Se argumenta que en sus columnas habría “devaluado a los jóvenes como legítimos actores políticos racionales” y “que estas declaraciones pueden tener consecuencias negativas en la convivencia universitaria”.

¿Por qué tendría que inhibirse un rector de una universidad de emitir opiniones personales, y no firmadas como rector, sobre lo que sucede en el país, aunque ellas contengan una visión crítica de los jóvenes hoy movilizados en las calles? ¿Y por qué esto afectaría la convivencia universitaria? Estamos ante una expresión más de la asfixia de lo políticamente correcto (convertido muchas veces en un cúmulo de verdades dogmáticas y no discutibles) que amenaza con inhibir la libertad de expresión y pensamiento al interior de los claustros universitarios.

Yo personalmente no comparto en su totalidad la visión que Peña tiene de la crisis ni su visión de los jóvenes movilizados —de hecho he firmado textos en que alabo a los jóvenes comprometidos con la política de su país—, pero creo que Peña tiene todo el derecho y el deber (como intelectual) de expresar su pensamiento. “Estoy en completo desacuerdo con tus ideas, pero daría mi vida por tu derecho a expresarlas”, decía Evelyn Beatrice Hall, una biógrafa de Voltaire, intentando sintetizar en esa frase el pensamiento del gran adalid de la tolerancia. Se habla mucho sobre diversidad, pero cuando surge un pensamiento diverso, inmediatamente se intenta acallarlo. Un nuevo dogmatismo se perfila en el horizonte y un nuevo peligro: la vocación de algunos por la “unanimidad”, germen del totalitarismo.

En pleno Mayo 68, Marcel Jouhandeau, escritor reaccionario, les gritaba en la cara a los manifestantes universitarios exaltados y exultantes: “¡Volved todos a vuestras casas, dentro de quince años todos seréis notarios!” Todo ello fue recibido con humor por muchos jóvenes e incluso por intelectuales de extrema izquierda (maoístas cultos seguramente). Lo de Peña claramente es mucho menos fuerte —en relación con los estudiantes— que lo de Jouhandeau: no ha insultado ni agredido a nadie y no es —ni mucho menos— un reaccionario como el escritor francés. Les falta humor y tolerancia a los firmantes de esa inusitada carta.

Qué suerte tienen los estudiantes y profesores de la UDP de tener un intelectual de la talla de Carlos Peña como rector. Qué bueno que un rector exprese opiniones sobre lo que ocurre en el país. Discrepen de Peña, escriban textos polemizando con él, enfréntenlo en un debate abierto, con ideas, pero cuidado con intentar inhibirlo en su legítimo derecho a participar activamente del debate nacional. Las nuevas generaciones necesitan como referentes a intelectuales que cultiven la tolerancia y que aprecien la diversidad. Que no se asusten y espanten ante los que piensan radicalmente distinto. Es bueno también interpelar a los jóvenes y no caer en complacencia con ellos: eso más que dignificarlos supone de alguna manera mirarlos como “víctimas”. Los jóvenes no necesitan eso: necesitan tener enfrente de ellos a adultos con opinión, que incluso discrepen de ellos.

Una reciente investigación hecha en las universidades americanas por Lukianoff y Haidt llega a la conclusión de que el exceso de empatía y sobreprotección está arruinando la integridad psicológica de las nuevas generaciones. Eso poco prepara para la vida, que es puro riesgo, y menos para la vida en democracia, que es el riesgo de convivir en la diversidad con otros que piensan totalmente distinto a mí.

 

Cristián Warnken/El Mercurio

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