Carrera presidencial aún sin liderazgos emergentes

Carrera presidencial aún sin liderazgos emergentes

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Un rasgo que hasta aquí exhiben en común las declaraciones de candidaturas presidenciales —de derechas e izquierdas— es su escaso nivel de reflexividad discursiva. ¿Cual es la motivación que mueve a cada uno de los alrededor de diez precandidatos que han manifestado su intención de postular? ¿Qué idea fuerza inspira a cada una de las candidatas o candidatos? ¿Cómo buscan  interpelar a la ciudadanía y para qué? ¿Cuáles son los rasgos distintivos de identidad de las y los candidatos?

Las y los postulantes han optado, más bien, por lo más cómodo: transmitir una suerte de saludo a sí mismos y anunciar su voluntad de competir; quizá agregar unas frases sobre su trayectoria política e hitos funcionarios relevantes, y echar a andar un par de consignas remarcando su identidad política, su voluntad unitaria dentro de su coalición y su valoración de la ciudadanía y la promesa de servirla.

Es como si no quisieran llamar la atención, o asumir posiciones bien perfiladas, o manifestar un perfil claro para lo competencia que vendrá. Es lamentable que así ocurra.

Más que precandidatos desperfilados y preocupados —ante todo— por comunicar empatía, el país necesita apreciar liderazgos emergentes; personalidades dispuestas a contribuir al debate público con ‘relatos’ como suele decirse, que ofrezcan una interpretación del estado actual de la nación y muestren una visión y proyecto de futuro.

Nada sacamos con aplaudir la mayor diversidad de candidaturas —de género, edad, trayectoria previa, origen familiar, estudios y profesión, etc.— si acaso no conocemos sus posturas propiamente ideológicas y qué piensan del nuevo ciclo político que se abrirá tras aprobada la nueva Constitución.

En buena medida, las élites políticas chilenas entraron en crisis cuando dejaron de proveer orientaciones estratégicas y discursos (o relatos) que entregaban una visión relativamente coherente y de amplio consenso para gestionar la economía y consolidar la democracia. Además, cuando dejaron de contar con coaliciones políticas capaces de llevar a cabo esas tareas.

Sobrevino un fraccionamiento de las élites políticas y una involución de ellas que pronto parecieron más interesadas en sus querellas internas que en  mantener y profundizar sus vínculos con la sociedad. Se aislaron y dedicaron exclusivamente a su propia esfera de acción—esto es, la política, los partidos, el Estado y las burocracias públicas—, despegándose de las demás élites, los movimientos sociales y la ciudadanía.

Los partidos perdieron legitimidad y prestigio, la política extravió sus referentes de bienestar general o bien común, y los liderazgos de la transición se fueron agotando, sin que surgiesen nuevos liderazgos y generaciones de recambio.

Desde hace ya un tiempo hemos estado dando vueltas en torno a líderes que se repiten y circulan en circuito cerrado. Esto último se refleja en el hecho de que durante 16 años hubo solo dos presidentes —Bachelet y Piñera—, cada uno presidiendo sobre administraciones relativamente personalistas y carentes de una visión de amplio consenso y de capacidades efectivas de implementación de políticas.

Ese ciclo ha llegado a su término.

II

Resulta sorprendente, por lo mismo, que algunos de los precandidatos presidenciales —y los medios de comunicación y opinólogos— busquen definirse a sí mismos, o ser definidos, en función de los liderazgos de aquel ciclo, ya sea a favor o en contra del bacheletismo o el piñerismo, en vez de  asumir la crisis de las élites y manifestar una voluntad nítida de reemplazarlas.

En la derecha, hay muchos todavía que parecen convencidos que deben actuar como hijos de Piñera (incluso algunos, de Pinochet), o bien como herederos de unos conceptos de política que hace rato dejaron de hacer sentido en la sociedad, como mercados libres, subsidiaridad, Estado mínimo, etc. Sobre esa base es difícil que emerjan nuevos liderazgos en dicho sector.

En cambio, hace sentido que un candidato de derecha hable de integración social, o que un dirigente empresarial proponga discutir la idea del ingreso básico universal, o que dirigentes de Chile Vamos apunten hacia un régimen semipresidencial o de presidencialismo moderado. Lo que hace falta ahora es dar coherencia narrativa a esos nuevos términos en el discurso de la derecha y articular así una visión y un proyecto para la etapa que viene. Si no lo logra, es probable que la derecha quede marginada del poder por un largo plazo, como antes le ocurrió por su identificación con la dictadura.

Del mismo modo, en las dos izquierdas —reformista y rupturista— hay al momento un neto predominio de consignas, tales como ‘echar abajo el modelo neoliberal’, ‘cambiar de una vez por todas la matriz productiva’, o ‘instalar en todas las áreas derechos sociales universales’, apelando a los primeros cien días del segundo gobierno de Bachelet (incluso de la UP y Allende), o bien a conceptos de alta resonancia en la tradición de izquierdas como marxismo-leninismo, Estado de bienestar nórdico e igualdad de posiciones sociales.

Tampoco sobre la base de esa plataforma podrán proyectarse nuevos liderazgos de izquierda con presencia nacional y ese sector —aunque me incomode reconocerlo— seguirá envuelto en la confusión, produciendo más ruido que deliberación y cambios en la sociedad.

Por el contrario, cuando algún dirigente de izquierdas se refiere a la imperiosa necesidad de modernizar el Estado, o se preocupa de impulsar en serio temas de innovación en los servicios sociales, o acepta que el orden democrático supone un efectivo control de la violencia,  este sector se mueve hacia nuevos espacios y da señales de querer converger con posturas renovadas de la socialdemocracia a nivel internacional.

En suma, el país está en busca de liderazgos políticos en condiciones de asumir la complejidad de sus problemas y de ofrecer una visión y una estrategia capaz de convocar mayorías ciudadanas. Estos liderazgos deben surgir de la renovación de los partidos, dejando atrás sus actuales, anquilosadas, estructuras. Si los partidos no reaccionan y se enfilan en esa dirección, continuarán al debe con la cuidadanía y su legitimidad se deteriorará aún más. (El Líbero)

José Joaquín Brunner

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