Boric a la sombra de Aylwin

Boric a la sombra de Aylwin

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A partir del 4 de septiembre pasado se intensificó la demanda sobre el Presidente Boric y su gobierno de un ajuste programático, de comportamiento práctico y de discurso a la luz de las nuevas circunstancias en que se desenvuelven la política, la economía y la sociedad. Al mismo tiempo, cada paso que la máxima autoridad y/o sus principales colaboradores dan en esa dirección para corregir, modificar o derechamente mudar sus posiciones previas y probar nuevos derroteros, es recibido con críticas y acusado como inconsistente.

Llamado el Gobierno a través de los medios de comunicación a centrarse, moderar sus propuestas y, en general, a adaptar su acción a las cambiantes condiciones del entorno, sin embargo es castigado -por opositores, partidarios y los mismos medios- cada vez que intenta hacerlo. La oposición le resta credibilidad y exige directamente claudicar; los aliados acusan entreguismo cuando no traición, y los medios subrayan la confusión, incoherencias y contradicciones de conducción.

A este dilema se refiere mi comentario de hoy. Primero analizo la evolución de la trayectoria gubernamental y presidencial en este ámbito correctivo para luego focalizarme en el encuentro de Boric con Aylwin a los pies de su estatua.

I

Mi percepción es que el gobierno de Boric y su alianza de dos coaliciones viene acomodándose -pragmática y realistamente- a las circunstancias de su entorno.

Por lo pronto, la incorporación de una segunda coalición -la del Socialismo Democrático– al gobierno de Apruebo Dignidad (AD), ocurrida en enero de 2022, antes incluso de asumir el nuevo Gobierno en marzo de ese año, fue un gesto decisivo. Manifestaba, de entrada, una voluntad de apartarse de las pasiones programáticas más extremas. De hecho, modificaba el perfil ideológico-político del bloque que accedía al poder.

Enseguida, al asumir el primer gabinete ministerial del Presidente Boric quedó en evidencia que la política económica y el plan de desarrollo de su gobierno estarían en manos de un -o quizá el más- conspicuo representante de los vilipendiados treinta años, Mario Marcel, ministro de Hacienda.

Fue un paso no menor, si se piensa que durante la campaña presidencial la promesa de AD había sido -si bien no un giro copernicano- al menos una revolución kuhniana; o sea, un cambio radical de paradigma de política pública y desarrollo del país para superar el modelo neoliberal que supuestamente había dominado durante los últimos ruinosos y tristes treinta años. Sin duda, quedaba instalada una contradicción en el seno del equipo Boric. Y el Presidente dejaba claro hacia qué lado se inclinaban sus preferencias.

De ahí en adelante, esa contradicción siguió latente. Durante los primeros meses de gobierno se expresó, sobre todo, como una tensión entre una gestión realista y pragmática de la coyuntura fiscal y el discurso ideológico -que iba y venía- respecto de un necesario (e inevitable, según algunos) cambio refundacional, cuyas bases y condiciones de viabilidad se hallaban en manos de la Convención Constitucional. En efecto, esta, al menos en el reino de las palabras, llevaba adelante una propuesta maximalista de profunda resonancia con el estallido del 18-O, cuyos ecos contradecían la aparente moderación de La Moneda.

El propio Presidente y sus principales ministros convivieron ambiguamente con esta tensión. Incluso, con el transcurso de los meses, comenzaron a emitir claras señales de que tenían puesta su esperanza en la aprobación del texto constitucional que sería sometido al pueblo. Al final del proceso, el propio Presidente, al revés de su talante moderado y dialogante, se convirtió en el jefe de la campaña del Apruebo y sus ministros más próximos asumieron la coordinación de aquella.

Por lo mismo, cuando llegó el día del plebiscito -el 4-S- y se dieron a conocer los resultados que sepultaban el texto propuesto por la Convención, la derrota fue experimentada por la sociedad, por la opinión pública encuestada y por el propio Gobierno de Boric -con el Presidente a la cabeza- como un golpe fatal a su visión y programa de gobierno. Sobre todo, el Rechazo significaba una dura reprimenda para el octubrismo, el espíritu de la revuelta, el imaginario de un quiebre y la ilusión de una nueva mayoría. Paradojalmente, abrió también una nueva oportunidad para el Presidente Boric.

Efectivamente, a consecuencia de dicho duro revés, Boric procedió a hacer un ajuste en profundidad de su Gobierno. En la práctica impuso un nuevo equilibrio interno entre las fuerzas oficialistas, desplazó aún más claramente el poder político-burocrático y técnico en favor del Socialismo Democrático y, desde ese momento acentuó el giro discursivo presidencial.

No solo produjo un cambio de tono en el incipiente relato gubernamental -hasta ese momento en vilo entre la esperanza utópica, refundacional y maximalista promovida por la Convención y el pragmatismo moderado reflejado en las acciones del gobierno- sino que aquel relato ha comenzado a ser modificado por un enfoque de realismo posibilista. A su turno, este enfoque se halla anclado en las adversas circunstancias del deterioro económico de los hogares, el contagioso temor frente a la emergente ola del crimen organizado, los efectos de la post pandemia en los sectores de salud y educación, el aparente descontrol en los flujos de inmigración y la dura constatación de que el gobierno se encuentra en minoría en medio de un clima de opinión conservador y de una intensa fragmentación y volatilidad política.

II

En este ambiente tuvo lugar la semana pasada un hecho político-cultural de alta importancia que a mi juicio, sin embargo, ha sido tratado equivocadamente como un suceso de segundo orden y de escaso valor hermenéutico. Me refiero a la intervención del Presidente Boric durante la inauguración del monumento en memoria y homenaje al ex Presidente Patricio Aylwin en la Plaza de la Ciudadanía, al costado del monumento dedicado al ex Presidente Arturo Alessandri Palma y en los alrededores de las estatuas que recuerdan a Diego Portales y a los ex Presidentes Pedro Aguirre Cerda, Jorge Alessandri Rodríguez, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende Gossens. Solemne espacio cívico simbólico, entonces, que en pocas cuadras reúne un siglo de poder presidencial al cuidado del «fantasma portaliano» que el mito nacional invoca como guardián del orden estatal.

Digámoslo de inmediato: de derecha a izquierda hubo quienes criticaron la intervención de Boric en tal espacio tan cargado de historia.

A un columnista le pareció “tan fuera de lugar” que lo llevó a exclamar:  “Quién hubiera dicho, dos o tres años atrás, que el entonces diputado Boric -el que trataba a la socialdemocracia de los noventa de cobarde y complaciente y a sus líderes de títeres de la derecha, los militares y los empresarios-, le estaría hoy rindiendo pleitesía a la misma persona al que consideraba promotor del golpe de Estado”.

Por su lado, un ex dirigente de la Concertación, refiriéndose al monumento, escribió: “Quiso el destino que le tocara inaugurarlo al Presidente Gabriel Boric que jamás habría consentido en levantar un monumento a la memoria de Aylwin a quién continúa responsabilizando del quiebre de la democracia y que hasta hace muy poco tenía un discurso extremadamente crítico de la transición, de la Concertación y del quehacer político del propio homenajeado”.

A su vez, diputadas y diputados del PC manifestaron también críticas a la intervención del Presidente Boric, rechazando su invocación-que luego comentaremos- de la famosa frase del ex Presidente referida a la “justicia en la medida de lo posible”.  Tajante, una parlamentaria del PC expresó: “Las palabras del Presidente son inaceptables, la tristemente célebre frase ‘en la medida de lo posible’ está marcada por la protección de genocidas y la perpetuidad de la impunidad”. No es poco decir en boca de una diputada oficialista.

Por último, en la misma línea, un medio de extrema izquierda editorializó: “una verdadera afrenta a los miles de muertos, exiliados y sometidos a las más salvajes torturas por la dictadura, de un Golpe Militar que fue llamado entre otros también por Aylwin y la Democracia Cristiana”.

En realidad, mi impresión es que la intervención del Presidente Boric representa una trama mucho más densa y rica de la transformación en curso de su conciencia discursiva, su manera de empezar a asumirse a sí mismo como Jefe de Estado, y no meramente como Presidente de la República. Refleja la autoconsciencia que comienza a adquirir de su participación en el drama de la historia nacional y dentro de la rotación intergeneracional de la élite política chilena. De allí también mi opinión de que se trata de un hecho político-cultural clave.

Lo plantearé así: luego de agotado el ciclo del post-estallido del 18-O, que llevó al extremo la batalla ideológico-cultural contra los 30 años previos como un período que sirvió para profundizar una experiencia neoliberal disfrazada de modernidad, por primera vez Boric se encuentra cara a cara, por así decir, con esos 30 años convertidos en un monumento escultural que él debe (¡quiere!) homenajear. “Es difícil para mí el poder pararme acá , mirar la estatua de don Patricio y pensar el tremendo desafío que significa estar a la altura de su sobriedad y dignidad republicana de la cual trato todos los días también de aprender”, dirá para comenzar. Y con eso fija también los términos fundamentales que explican su comprensión de este monumento: aprender, desafío y altura republicana.

Por alguna razón, a mí esta escena me parece shakespeareana; veo al joven Hamlet y sus amigos (su generación) parados frente al espectro del padre de aquel, diciéndole: “Te conmino por los cielos a hablar”. De hecho, la generación de los padres está muy presente en la reflexión del joven Presidente. Cuenta cómo en los años 60 su padre demócrata cristiano solía criticarlo, justamente a propósito de interpretaciones  contrastantes de la historia. Peleaban un poco, confiesa, porque su generación millennial había levantado una visión crítica de la transición democrática; el padre reclamaba: “es que ustedes no vivieron en esa época, ustedes no saben lo que significaba tener a Pinochet como Comandante en Jefe del Ejército”. Y, concluye nuestro Presidente: “Efectivamente hoy día esas palabras, que a través de mi padre hoy día me las imagino en nombre de don Patricio, retumban fuerte…”.

La transición misma aparece ahora bajo otra luz a los ojos de Boric. Es el reencuentro de los demócratas que en su momento había presidido don Patricio, llenando a “tanta gente a lo largo y ancho de Chile de una profunda esperanza”. Revela que uno de sus primeros recuerdos “en el extremo austral de nuestro país es esa calcomanía del arcoiris y una manifestación en Avenida España, en Punta Arenas, donde la gente se subía hasta los techos para poder justamente celebrar el reencuentro de los demócratas”. Y rinde homenaje al ex Presidente en quien, dice, “reconocemos la firmeza de su convicción al servicio de un solo interés, todo su actuar, a lo largo de su vida pública, que es el bien superior de Chile”.

Luego habla de la vida de Aylwin. Cómo ella está imbricada, por el lado de su filiación paterna, con la revolución balmacedista y la lucha contra la dictadura de Ibáñez y, más  tarde, ya de joven adulto, con Clodomiro Almeida con quien tempranamente separa rumbos políticos para reencontrarse más tarde -socialistas y demócrata cristianos- en la lucha común contra Pinochet y la dictadura. Y, después, en la reconstrucción democrática del país. En suma, reflexiona, una vida que “abarca tantas décadas de la historia de Chile y décadas tan complejas y trascendentales”.

Esa densidad de la historia la contrasta él, a su vez, con la fugacidad de los eventos en los cuales nos vemos envueltos diariamente. Lo lleva a pensar que, quizá, “esta estatua también resume la conciencia histórica de un personaje que atravesó toda la historia de Chile, esa conciencia histórica que muchas veces perdemos cuando evaluamos las cosas solamente según el momento por el que estamos pasando”.

Sin duda, el Presidente Boric descubre allí, o puede imaginar, unas vidas paralelas con el hombre de la estatua. No se trata de una mera evocación retórica, creo yo. Al contrario, podría significar el despuntar de una conciencia histórica autónoma y propia y el reconocimiento de su personal filiación dentro de la sucesión de las generaciones presidenciales que pueblan el espacio simbólico que lo rodea. Esto es, las más altas cumbres de la elite política chilena a la cual él pertenece y donde aspira a ser reconocido.  “Si alguna vez en el futuro lejano”, reflexiona, “se nos recuerda a los Cariola, Jackson, Vallejo y Boric de la actual generación como hoy día se recuerda a los Aylwin, Frei, Leighton, Tomic, Fuentealba, sin lugar a dudas habremos cumplido nuestro cometido”.

Es una interesante identificación de destinos histórico-generacionales, de inmediato reforzada por la idea de una posta cuyo testimonio hace solo pocos meses se creía perdido, tras la triple invectiva millennial contra la anterior generación, su status de élite (versus pueblo) y su funesto paradigma (neoliberal). Ahora el joven Presidente está en otra tesitura y afirma: “Por eso es bueno entenderse también como portadores de una posta y, cuando descubrimos esta estatua, siento que estamos tomando una tremenda responsabilidad que nos llega de quienes estuvieron antes que nosotros, en los procesos que le tocó liderar al presidente Aylwin. Su liderazgo fue decisivo para consolidar los acuerdos que hicieron al Chile de hoy”. He aquí, pues, el triple rescate de una continuidad histórica democrática; una pertenencia común a la esfera de la élite política, y del carácter paradigmático de aquellos acuerdos que en su momento hicieron posible la transición, desplazando a la estrategia de ‘todas las formas de lucha’ que favorecían el PC y la izquierda ultra.

Con esto cambia también la perspectiva histórica dentro de la cual Boric sitúa a su propio Gobierno y el horizonte de significados ante el cual proyecta su misión. Sostengo, como hipótesis, que esto viene a profundizar los desplazamientos, giros, revisiones, inflexiones y adaptaciones que el Presidente inició tempranamente, aún antes de asumir el Gobierno, y que han venido redefiniendo la identidad ideológica y programática de su administración. “Se ha dicho que el camino que le tocó recorrer a don Patricio”, cavila,  “estuvo colmado de dilemas y contradicciones, como sabemos todos quienes hemos intentado justamente, o estamos intentando, ese camino de la justicia … La política y la búsqueda de justicia social en el marco de la libertad y la democracia están llenas de tremendos desafíos desde los años 80”, remata.

A continuación, en la misma vena, valora -esta vez más concretamente- la conducción de una transición consensuada, aspecto solo hasta ayer anatema esgrimido contra la Concertación. “Don Patricio Aylwin” dirá su lejano sucesor millennial en la línea presidencial, “buscó quizás con más empeño que otros personeros de su generación la unidad de las fuerzas políticas contra la dictadura. Y esa unidad se fue tejiendo desde las bases sociales,  en las ollas comunes, en la protesta social, en los sindicatos, en las federaciones estudiantiles. Y ahí la confluencia fue paulatina pero imparable”.

Sin duda así fue. Pero cabe recordar que además fue tejiéndose con el aporte de los partidos, iglesias, agrupaciones de la sociedad civil, centros académicos independientes, artistas, prensa disidente y medios independientes de comunicación, intelectuales comprometidos, solidaridad internacional. Toda esa rica malla dio lugar a la transición, a la Concertación y al Presidente Aylwin y sus sucesores  socialcristianos y socialdemócratas.

Como sea, en todos los enunciados que ha ido exponiendo Boric en su discurso homenaje, se descubre fácilmente que ya no habla solo el Presidente de la República, el líder partidista, el ex dirigente estudiantil, el jefe de una alianza y sus coaliciones, el encargado de una administración de 4 años, sino alguien que, en parte a través del espectro de Aylwin, el hombre de la estatua, comienza a asumir su segundo y más fundamental cargo, el de Jefe de Estado. O sea, de una entidad permanente, continua, representada justamente por esa sucesión de gobernantes que habitan la Plaza de la Ciudadanía y sus alrededores.

A propósito de esto, en un momento avanzado de su discurso, Boric invoca al maestro José Zalaquett, así lo llama, y recuerda que al despedir los restos del Presidente Aylwin en el Congreso Nacional, había dicho que él siempre entendió que la frase «justicia en la medida de lo posible», empleada famosamente por el ex Presidente, “implicaba hacer todo lo humanamente posible y no una justicia desganada o reticente”.  Y, de inmediato, comunica su deseo de “aportar una breve reflexión al debate sobre lo posible en política”, debate que -como es bien sabido- fue vigorosamente alimentado por el propio Boric, su núcleo dirigencial y generación política para denunciar un supuesto talante conservador, timorato, conciliador, concesivo, irresoluto, pragmático, de tipo real politik, de la Concertación, la transición democrática y la generación de Aylwin (y también la mía).

¿Cómo debía entenderse esa mítica frase? Responde el actual Presidente: “la medida de lo posible pertenece a los pueblos, a las mayorías, y sus límites se encuentran allí donde se alojan las principales preocupaciones y los anhelos de todas y todos; lo posible es aquello por lo que hay que dejar todo nuestro esfuerzo, todo nuestro empeño”. Es decir, no significa, “como algunos malamente pudimos haberlo interpretado anteriormente, algo así como una estrecha visión que renuncia a sostener valores, empujar ideales y cambiar el mundo y la vida”, concluye Boric. Significa, entonces, que es posible conciliar la ética de las convicciones con la ética de la responsabilidad en medio de los dilemas y contradicciones que son la materia de que está hecha la política.

III

Al concluir este comentario reitero mi impresión: pienso que, quizá, el Presidente Boric esté comenzando a mirarse a sí mismo ahora también como Jefe de Estado, figura distinta y diferenciada de la del jefe de Gobierno, de una alianza, una administración y un programa electoral. Quizá sus recientes salidas al exterior, sus palabras -todavía ambiguas en este sentido-ante la Asamblea de las NU, su participación en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), sus conversaciones con Jefes de Estado que representan con vigor los intereses permanentes de su país, la resolución de conflictos fronterizos -como el del río Silala- todas instancias donde brilla sobre todo la continuidad de una política estatal, y otras experiencias similares, estén gradualmente ayudando a calibrar su propia inserción en la historia nacional y en la larga duración de esta posta donde los individuos elegidos, las generaciones escogidas y las élites constituidas transitan fugazmente por las glorias del mundo. Quizá comience así a quedar atrás, asimismo, esa suerte de mesianismo juvenil y de apenas velada sensación de superioridad moral que ostentó el Frente Amplio y, en cambio, parece haber sido ajena a Patricio Aylwin.

Imagino que, más de alguien, dirá: ¿y por qué creerle a Boric y los suyos? ¿No será una exageración guiarse por una breve intervención de 20 minutos a la sombra de la imponente estatua de don Patricio? ¿No serán sus palabras una artimaña más para adormecer a los opositores? Y el hecho que las izquierdas más extremas lo critiquen y acusen de traición, ¿no es acaso una prueba adicional de que Boric está acorralado y no podrá evolucionar hacia una democracia social? ¿No se corre el riesgo de que esas amigables intervenciones del joven Presidente distraigan el foco de los problemas reales de la economía y la seguridad? Y así por delante.

Son preguntas justificadas, claro está, porque hay una gran carga de desconfianza en el ambiente por un lado y, por el otro, una escasa comprensión todavía de cómo funcionan los procesos de aprendizaje político a nivel individual y colectivo. Tampoco sabemos cuán fuerte y efectivo es el liderazgo de Boric dentro de sus propias filas y respecto de los actores de su entorno, como para producir una auténtica renovación.

En breve, su discurso del día 30 de noviembre pasado que aquí analizamos, ¿es efectiva y auténticamente compartido más allá del segundo piso de La Moneda? Todas esas interrogantes y dudas son fundadas y las tengo presentes. Sin embargo, en un campo de conjeturas como el que aquí nos reúne, donde no hay pruebas contundentes ni evidencia alguna de cómo avanzará el proceso, me parece razonable explorar y discutir la hipótesis de que el Presidente Boric y su gobierno están aprendiendo de su propia experiencia y podrán continuar su transformación discursiva en confrontación con la historia y aguijoneados por la crítica. Y esto, de hacerse efectivo, ¿no sería acaso un positivo paso adelante para la gobernabilidad de nuestro país en el siglo XXI? (El Líbero)

José Joaquín Brunner