Alto precio

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Cuando la revolución bolivariana y el “socialismo del siglo XXI” están a punto de desangrarse, sus escuderos en Chile empiezan ya a anticipar el duelo. Futuros deudos del último sueño de los justos, huérfanos del enésimo intento fallido, de otro experimento histórico que termina en la ruina, en una crisis humanitaria, con desabastecimiento crónico, sin democracia e inflación del millón por ciento. Culpando como de costumbre al “imperialismo” y a los poderosos de siempre, relativizando los horrores propios de toda dictadura, otra vez incapaces de la más mínima autocrítica.

Ante la imposibilidad de lograr un mínimo consenso frente a la crisis venezolana, el Frente Amplio tuvo que reformular su grupo de política internacional. Síntoma y reflejo de atavismos ideológicos que, incluso a los hijos de la democracia, les impide rendirse a las evidencias y llamar a las cosas por su nombre. Es cierto que en sus filas ha habido algunas excepciones, pero hasta ahora son solo eso, excepciones. Mientras tanto, en los partidos de la izquierda tradicional, salvo también voces aisladas se repite un libreto propio de la Guerra Fría: llamar al diálogo entre las partes, rechazar el intervencionismo e insistir en la autodeterminación de los pueblos.

El problema para la izquierda es que la crisis venezolana se da en un tiempo distinto al de la caída del muro de Berlín y el colapso del socialismo en Europa del Este. Hoy día, las ideologías que antaño permitían relativizar la democracia y las violaciones a los derechos humanos ya no poseen densidad histórica, son apenas una reliquia de museo, y quienes las siguen sustentando están condenados a una creciente marginalidad. En rigor, en el mundo actual el sentido común está en otra parte; algo que la centroizquierda chilena pudo comprobar en carne propia con el fracaso político y electoral de la Nueva Mayoría.

La última encuesta Cadem no dejó dudas respecto al inmenso rechazo que a nivel local provoca el régimen de Nicolás Maduro. Fue una señal de alerta que ya empieza a generar en algunos la tentación de abandonar el barco. Pero no va a ser gratis. Para todos aquellos que han defendido o relativizado la dictadura venezolana el precio a pagar será alto, entre otras cosas, porque hoy viven en un país donde también gana la derecha, y luego de su última derrota se quedaron en los hechos sin proyecto. Justa o injustamente, el fantasma de Venezuela fue una de las causas de ese fracaso. Y las conexiones reales e imaginarias entre ambas experiencias van a perseguir a un sector de la centroizquierda chilena por largo tiempo, en especial, a los sombríos defensores de Maduro.

En síntesis, el ya inevitable destino del socialismo del siglo XXI vuelve a dejar a no pocos actores de nuestra política como eternos apologistas de fracasos consumados; entusiastas de una larga historia de fanatismo e irrealidad, de la que Venezuela es el más reciente símbolo. (La Tercera)

Max Colodro

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