Acuerdo

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Escribo esta columna en la madrugada del viernes. Lo hago inundado por un mar de sensaciones, las que después de la perplejidad, tristeza y preocupación, dan paso ahora a la ilusión. La escribo también sabiendo que en estos momentos mi pluma está más conectada con mi corazón que con la cabeza; en la esperanza de que, de verdad, se produjo un cambio y hay una oportunidad para la política, el diálogo y la paz.

Escribo no olvidando que existen muchas dificultades por delante y temas que resolver. Lo hago abogando porque este acuerdo no oscurezca ni ralentice las urgentes decisiones y leyes que deben discutirse y tramitarse ahora ya en el Congreso, para mejorar las condiciones materiales de muchos ciudadanos que lo han pasado muy mal; a los que se sumarán otros cientos de miles en los próximos meses, como consecuencia de los efectos de esta crisis política y social. Lo hago también pensando en el sufrimiento de todas esas víctimas inocentes, tanto de aquellos que padecieron la violencia callejera, como también de los que debieron enfrentar la irracional represión de las fuerzas policiales.

Escribo entusiasmado por la posibilidad de que podamos darnos una nueva Constitución, la que refleje -en el fondo y en la forma- el cómo queremos ordenar nuestra convivencia y modo de vida para las próximas décadas. Lo hago con la excitación de pensar que enfrentaremos una de las decisiones más importantes que puede tomar un país en su historia: que no es otra que decidir de forma colectiva sobre qué principios y derechos, y en qué calidad y cantidad, estamos dispuestos a garantizarle a todas las personas; como también de los compromisos y deberes que republicanamente cada uno debería asumir.

Lo hago felicitando que el acuerdo entregue a los propios ciudadanos la decisión de iniciar este camino, como también los mecanismos para transitarlo, en una fórmula enteramente democrática, que no reconoce ningún poder previo, derecho adquirido o pretensión de representación, que no sea la libre y democrática voluntad de los ciudadanos, en varias y sucesivas elecciones universales y populares.

Y escribo también con la intención de que, junto a este acuerdo, se haga un llamado a que se deponga o al menos se suspenda la legítima movilización social, para darle una oportunidad a este gran esfuerzo que se ha hecho. Porque pese al inalienable derecho a expresión en las calles propio de toda democracia, también sabemos que, si las marchas continúan, será muy difícil aislar y combatir la violencia de aquellos que nunca han querido razonar. Y como escribo en paz, ninguna palabra ni mención para aquellos que se restaron, dándole la espalda a la política, el diálogo y la esperanza de su propio pueblo. (La Tercera)

Jorge Navarrete

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