La caída de Bachelet

Uno de los misterios aparentes de la política chilena lo constituye Michelle Bachelet. Su desempeño en las encuestas -la del CEP la deja por los suelos- muestra que las personas no aprueban ni su forma de gobernar ni la manera en que ha ejecutado las reformas que ha emprendido.

La pregunta es: ¿por qué entonces insiste en ellas? ¿A quién -ya que no a la ciudadanía que se refleja en las encuestas- quiere ser fiel Michelle Bachelet?

Hay quienes aseveran que Bachelet se deja llevar por el populismo; por la tendencia a halagar a la calle; por el intento permanente de adivinar lo que la gente quiere, a fin de complacerla y ganarse su aprobación; por la propensión a satisfacer lo que, según ella augura, la gente anhela; por su proclividad a dejarse guiar por la pregunta ¿qué quiere la ciudadanía de mí?

Ese juicio acerca de Bachelet es obviamente equivocado. Si ella fuera populista (si su pulsión básica fuera saciar los anhelos de la gente), en vez de ponerse de espalda a las encuestas y hacer oídos sordos a ellas -como lo ha hecho-, les prestaría atención.

Pero no lo hace. ¿Por qué?

La respuesta es obvia. Porque ella no es populista.

Y es que el pueblo al que Bachelet es fiel no es real: es imaginario.

No está integrado por la gente de a pie que confía en sí misma, trabaja, contesta las encuestas y descree de la política. No. El pueblo para la Presidenta Bachelet es algo que subyacería por debajo de esa realidad, algo que solo latiría en la gente de a pie y que, según ella cree, conforme avancen las reformas, asomará y comenzará a aplaudirla. En suma, lo que explica la conducta de la Presidenta Bachelet es que, para ella, el pueblo no es la gente que tiene ante los ojos, sino aquello en que esa gente se transformaría una vez que las reformas empiecen a fructificar.

¿Raro?

No.

Ocurre con quienes ejercen la política lo mismo que pasa a los individuos en su vida personal. Logran funcionar y soportar las asperezas y las pedradas de la vida, gracias a una fantasía que, interpuesta entre ellos y la realidad, les ayuda a reinterpretarla una y otra vez.

Así, el problema de Bachelet no son los objetivos que persigue (después de todo, caminar hacia una sociedad menos contributiva en pensiones o educación es razonable), sino la fantasía con que encubre y oculta, ante sí misma, la increíble impericia que sus equipos han mostrado para alcanzarlos.

En el caso de Bachelet, esa fantasía es simple de describir.

Para ella, la mala opinión de las encuestas no sería una señal de que las reformas se han diseñado defectuosamente, sino una prueba de que la gente, alienada por el consumo y el tráfago del día a día, no es capaz de advertir cuán buenas serán. Una vez que las reformas emprendan su curso, y principien a fructificar, la gente -piensa ella- valorará retrospectivamente lo que ahora rechaza. Su interés actual llevaría a la gente a rechazar al Gobierno; pero su interés futuro la llevará a aplaudirlo. Es cosa, pues, de esperar.

Se ha subrayado poco la relevancia que ese estilo de Bachelet (que parece hacerla inmune a advertir la impericia propia y ajena) posee.

Hasta los años ochenta (dictadura incluida), ese estilo no era raro. Hacer política consistía en tolerar sacrificios presentes en pos de un futuro imaginado. La imagen en pos de la cual se hacía la política cambiaba según las fiebres de la hora (desde la sociedad sin clases al mercado perfecto); pero el estilo cultural de la política era el mismo: la promesa del futuro ayudaba a soportar los tropiezos del presente.

Y en esa ilusión del futuro confía la Presidenta Bachelet.

Su estilo no es entonces populista, es un remedo inconsciente de un mundo que ya quedó atrás, el mundo de principios de los setenta, el mundo atado a su memoria familiar, cuando Chile no estaba habitado, como lo está hoy, por masas igualadas por la ilusión del consumo, confiadas en sí mismas, quejosas de cualquier forma de autoridad, gente para la que no bastan los buenos propósitos aliñados con la espera de días mejores. Estas masas, descreídas y urgentes, no soportan que los gobiernos excusen su incompetencia técnica con los aires del futuro.

Y si alguien les ofrece algo así -si no, que lo diga la Presidenta Bachelet-, lo ponen rápidamente por los suelos.

 

El Mercurio/La Nación

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