El mal común

Si hay un concepto que está condenado a desaparecer de la Constitución que se proponen las izquierdas es el de bien común.

Hoy está consagrado en la Carta Fundamental de 1980 como la finalidad del Estado, consistente en “contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y garantías” establecidos en la misma Constitución.

Pero, en realidad, no hace falta eliminar formalmente al bien común del texto constitucional, porque la coalición hoy gobernante -bajo la conducción de la actual Mandataria- ha logrado, de hecho, destrozar ese principio.

Lo que están consiguiendo es justamente lo contrario: el mal común.

Y los chilenos se han dado cuenta, porque apenas entre el 8% y el l5% entrega su apoyo a los partidos gobernantes y a la Presidenta en Palacio. Lo que perciben en el día a día es el conjunto de los males con los que, por razones que tantas veces hemos recordado, se castiga a la población.

Cada uno de los elementos del concepto de bien común ha sido trastocado, contradicho y gradualmente convertido en su contrario.

Uno por uno:

El Estado hoy no quiere “contribuir a crear”, sino que pretende “determinar”, mediante diseños mitad copiados del extranjero y mitad trasladados desde los manuales de la ideología.

No son “las condiciones sociales” las que le interesan -porque ahí germina la riqueza de la diversidad de organizaciones intermedias autónomas-, sino que pretende generar estructuras rígidas y dependientes de los programas estatales. El Estado tampoco se propone gestar un ambiente “que permita a todos y a cada uno” una vida plena, porque las izquierdas consideran que ese solo enunciado es manifestación de neoliberalismo, de individualismo, de lucro y egoísmo. Y ya se sabe que esos males deben ser desplazados por el colectivismo y los derechos sociales.

Y si la noción de bien común habla hoy de “los integrantes de la comunidad nacional”, no cabe duda de que desde la coalición gobernante se busca reemplazar esa mirada tradicional y patriota por el engendro de un Estado plurinacional, integrado por etnias con territorios, lenguas, símbolos y hasta gobiernos autónomos. De La Araucanía al altiplano.

Pero donde el mal común se ha ido difuminando como niebla paralizante es en el objetivo final de la acción del Estado, destinado en el texto constitucional a la “mayor realización espiritual y material posible” de las personas, con pleno respeto a sus derechos y garantías. Lo espiritual simplemente no corre para las izquierdas: es el invento burgués -siguen creyendo en esa torpeza marxiana- para terminar de controlar a los explotados. De ahí el empeño estatal por diluir toda forma superior en el espíritu de los chilenos. La cultura reemplazada por kurtura y la religión desprestigiada y desplazada. Y sobre la realización material, en fin, basta ver el paupérrimo desempeño de la economía nacional desde que les dijeron a los emprendedores que solo existen el abuso y el lucro, y que todo eso se corrige con impuestos y regulaciones.

Intencionadamente hemos dejado para el final la expresión introductoria de la noción de bien común en la actual Constitución. Ahí se dice, en concreto, que “el Estado está al servicio de la persona humana”.

Nada puede resultarles más extraño a las izquierdas que la noción de persona humana, uno de esos conceptos fundantes que aquellas niegan a partir del rechazo a la noción de naturaleza humana. Por eso desprecian el servicio y, por el contrario, se proponen el control y la manipulación de la única realidad, las masas.

Es la consumación del mal común.

 

El Mercurio/El Mercurio

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