1.000 días de indignidad

1.000 días de indignidad

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Quienes se han movilizado no son delincuentes, están pidiendo una respuesta frente al alza del costo de la vida y los bajos salarios, y nosotros queremos ponernos del lado de la gente”, decía el entonces diputado Gabriel Boric la mañana del 18 de octubre de 2019, justificando los desmanes y delitos previos a la explosión de violencia que estallaría pocas horas después a lo largo y ancho del país.

“No son 30 pesos, son 30 años”, clamaba la masa enardecida exigiendo el fin de los abusos y la recuperación de la dignidad. Pero lo único que quedó congelado, considerando las cifras, fue el alza de las tarifas de transporte público, porque todo lo demás subió radicalmente, al igual que la pobreza, la inmigración ilegal, la delincuencia y la violencia que hoy divide como nunca a los chilenos.

La inflación acumulada desde septiembre de 2019 es superior al 19%, es decir que, para un chileno promedio que gana menos de 400.000 pesos al mes, su plata hoy vale poco más de 320.000 pesos. Lo inverso le ocurre a los millones de deudores de crédito hipotecario: la UF ha subido más de 5.000 pesos, aumentando sus deudas en varios miles de millones. Ni hablar del dólar, que entonces apenas superaba los 700 y hoy ya va en los 1.030.

Quienes hoy gobiernan fueron cómplices activos de la mentira colectiva y de las ilusiones que comenzaron a venderse a millones de chilenos hace 1.000 días. Primero, a través de manifestaciones pacíficas y violentas; luego, a través de acuerdos políticos; finalmente a través de elecciones y órganos supuestamente representativos. En cada uno de estos momentos e instancias, a los chilenos les prometieron dignidad, igualdad y prosperidad. Sin embargo, en realidad, solo les han entregado indignidad, desigualdad y marginalidad.

¿Dónde están los soñadores de Chile? ¿Dónde está el pueblo hambriento de justicia marchando por las calles pidiendo dignidad? En sus casas y trabajos, si es que no se las remataron ni quedaron cesantes, trabajando el doble para recibir mucho menos del valor de su esfuerzo. Cansados, agobiados y desesperanzados, porque ya no creen -ni quieren creer– en las promesas vacías de los políticos, periodistas e influenciadores que les dijeron que Chile había despertado y que la dignidad, por fin, había llegado.

El Rechazo arrasa en las encuestas no por una estrategia habilidosa de la derecha, el repentino encanto de los amarillos, el poder infinito del dedo de Lagos o el olfato de Frei Ruiz-Tagle. El Rechazo arrasa porque el Apruebo les mintió y porque luego de 1.000 días, fue incapaz de cumplir con una sola promesa electoral y terminó, al contrario, reemplazando las utopías de progreso social por intereses mezquinos y politiqueros que nadie quería ni valorará. ¿Cuántos marcharon exigiendo la estatización de los ahorros individuales o el fin de libertad de elección en salud y educación? ¿Cuántos protestaron por un Chile dividido en 17 naciones o un sistema de justicia desigual? ¿Cuántos votaron Apruebo para que los delincuentes tuvieran la defensa, recursos y privilegios que una víctima jamás podría aspirar?

Nuevamente, la elite se desconecta de la realidad y se apresta a negociar otra salida política para enfrentar el resultado del plebiscito. ¿Una nueva convención? ¿Una comisión de expertos? ¿Un nuevo referéndum? Como si no bastaran los 1.000 días de terror que hemos vivido, quieren someter a los chilenos a un nuevo experimento político, económico y social. Nada más alejado de la realidad que viven millones de chilenos a quienes le vendieron la pomada de la “nueva” Constitución y que ahora serán seducidos por la nueva propuesta que les quiere presentar la casta política transversal.

La Constitución, cualquiera sea, sirve de poco y nada si tenemos un gobierno incompetente y un Congreso atrofiado por las prioridades de la agenda política, que terminan sepultando las urgencias sociales y ciudadanas que deben resolverse ya. La delincuencia, la pobreza y la economía no dependen de un artículo mágico o una declaración llena de adjetivos impresa en el texto constitucional. No, depende de que las personas a cargo hagan su pega y se esfuercen para trabajar todos los días a servir a los chilenos y no a sus propios intereses o agendas. Este 4 de septiembre, más que la Constitución de Pinochet, Lagos o Barraza, lo que realmente nos jugamos los chilenos es la posibilidad de dar una señal potente y concreta para ponerle fin a estos mil días de indignidad.(La Tercera)

Cristián Valenzuela